Aunque el bailarín separó las rodillas en una pose clásica, fueron Peeramon Chomdhavat y su asistente quienes se movían a su alrededor. Plegaban, retorcían, alisaban, anudaban y doblaban, mientras le ajustaban su elaborado traje.
“Listo. ¡Cóselo!”, dijo Peeramon, y su asistente clavó una aguja en el pecho acolchado del bailarín.
El asistente metía y sacaba la aguja, una y otra vez, con cuidado de evitar regiones vitales: las tiras doradas y plateadas, las lentejuelas, oropel, cuentas minúsculas y alas de escarabajo verdes iridiscentes que le dan su resplandor al traje.
“Sin botones, sin cierre”, dijo Peeramon, de 35 años, fundador de una pequeña compañía especializada de bailarines que busca rescatar los refinamientos perdidos de la forma clásica, empezando con los trajes.
“Para lograr que ajuste perfectamente, y que esté ceñido y flexible, la única manera es coserlo”, afirmó. Se puede tardar una hora, a veces dos, coser a un bailarín clásico tailandés dentro de su traje.
Y cuando la actuación de Peeramon y su asistente haya terminado, si lo han hecho bien, un humano común y corriente habrá sido transformado, según la visión de Peeramon, en “un dios, un ángel, un ser celestial, algo sobrenatural”.
Ése es el objetivo de la danza clásica tailandesa, comentó Peeramon: “Emular la elegancia de un dios”.
Esa aura es lo que Peeramon busca crear con su compañía de tres años de existencia, el Teatro de Danza Arporn-Ngam, agrupación informal de unos diez maestros y alumnos de la danza que rara vez ofrece presentaciones y lo hace sólo bajo invitación. La Autoridad de Turismo de Tailandia llevó a los miembros a Londres y Berlín el año pasado para bailar y exhibir sus trajes.
La misión de la compañía, comentó Peeramon, es volver a capturar un refinamiento, modestia y equilibrio que prácticamente ha desaparecido de la danza clásica al mismo tiempo que absorbe los estándares de la actualidad: grande, atrevido, brillante, rápido.
“Éstos son los valores de la sociedad ahora, valores de Hollywood, valores de Las Vegas”, dijo. “Tiene que ser grande. Lo grande es bueno. Lo grande es belleza”.
Ya que las presentaciones en la actualidad muchas veces son modificadas para los gustos de turistas extranjeros, y que los presupuestos y públicos locales son cada vez más pequeños, la danza clásica ha perdido gran parte de la sutileza y delicadeza que la hacían tan poderosa, aseguró.
“La belleza de la danza clásica tailandesa tiene que ser pequeña, humilde, apacible”, dijo.
“El carácter de la danza tradicional tailandesa proviene del carácter del pueblo tailandés y está relacionado con el budismo”.
Peeramon aprendió a realizar el bordado tailandés con la ayuda de su tía, una diseñadora prominente y propietaria de un museo de trajes teatrales. Peeramon ha elaborado diez trajes, obras magníficas, complejas y radiantes que le toma muchos meses concluir.