La permeable frontera de 1.416 kilómetros entre Corea del Norte y China es el vínculo del primero con el mundo exterior. Alrededor del 39 por ciento del comercio coreano del año pasado se realizó con China, quien suministra entre el 80 y el 90 por ciento de su petróleo.
El tráfico de transferencias de dinero y seres humanos también florece.
En contraste, la frontera de Corea del Norte con Rusia mide 18 kilómetros y está fuertemente resguardada; la zona desmilitarizada con Corea del Sur, de 241 kilómetros, tiene cientos de miles de soldados a cada lado. Hasta ahora, los barcos de Corea del Norte han visitado Japón con regularidad, y desde ahí parientes pueden enviar dinero y mercancías. Pero se espera que la prueba nuclear de Corea del Norte marque el fin de ese comercio.
Para China, lo importante es levantar la cantidad adecuada de cercas. Construir muy pocas ayudará a la inestabilidad en China, mientras que construir demasiadas propiciaría el colapso de Corea del Norte.
Un colapso es, obviamente, algo que Beijing no quiere, pues podría mandar más coreanos a China que los 100 a 300 mil que, según se calcula, inundaron la frontera durante la gran hambruna en Corea del Norte de mediados a fines de los años 90.
El fin del estado norcoreano también podría producir la reunificación de la Península Coreana bajo Corea del Sur, aliado estadounidense, otra cosa que Beijing no desea. Además, la propia frontera podría ser puesta en tela de juicio. Corea del Sur ha cuestionado en los últimos años a China por el legado de Koguryo, antiguo reino coreano que se extendía hasta lo que hoy es China.
En la región viven cientos de miles de coreanos-chinos étnicos, quienes podrían solidarizar con una Corea reunificada que hiciera un reclamo territorial.