La mítica ciudad de los muertos de El Cairo puede evocar escenas de ultratumba, pero no es sino una enorme necrópolis ocupada por pobres desahuciados que esperan una oportunidad para salir de un entorno del que reniegan por considerarlo indigno.
La "ciudad de los muertos". Así se le llama a un conjunto de cementerios ubicados en el sur y norte de la capital de Egipto, que, en una superficie de más de 850 hectáreas, acoge a alrededor de medio millón de personas que viven bajo el techo de los históricos mausoleos o en edificios ilegales surgidos en la vecindad.
Los habitantes de esta ciudad son en su mayoría campesinos que llegaron del norte y el sur de Egipto en busca de un futuro mejor y que ahora únicamente desean salir de ella para habitar entre los vivos y huir de un medio donde por la noche abundan los delincuentes, los drogadictos y los ladrones de tumbas.
A plena luz del día el camposanto parece poco más que un conjunto de tristes calles polvorientas, un oasis de silencio en medio de El Cairo bullicioso. Desperdigados por aquí y allá, talleres mecánicos, escuelas, mezquitas y tienduchas de todo tipo. Delante, detrás y enfrente, tumbas y más tumbas.
Los días feriados se animan un poco. Como en tiempos de los faraones llegan las familias egipcias, casi siempre numerosas, a hacer picnics junto a las tumbas de sus seres queridos.
Los habitantes de la necrópolis están acostumbrados a las procesiones de difuntos. "Llegué aquí con mi marido hace sesenta años. Estábamos recién casados, y aquí entre muertos, entierros y funerales, parí a mis hijos, que aquí también se casaron. Ahora, lo único que quiero es que Alá me cumpla el deseo de vivir lo que me resta fuera de aquí con los vivos", dice Seniya, viuda de 77 años.
La anciana vive con su hija menor en una pequeña habitación que da a un patio donde se encuentra un precario cuarto de baño y una tumba, al lado de la cual cría patos y tiende la ropa lavada.
El roce con los muertos no es algo tan extraño en la tradición egipcia. Mucho antes de la llegada del Islam, en la época de los faraones, los egipcios acostumbraban a visitar las tumbas y mausoleos y celebrar allí sus veladas con toda naturalidad.
A lo largo de los siglos, las tumbas han reservado un espacio a "las visitas", y este lugar ha sido ocupado por las familias de menesterosos en busca de un techo.
En el siglo XIII los cementerios egipcios figuraban como los principales atractivos del país: antes que visitar las pirámides de Guiza, los viajeros debían acudir a las tumbas de aquellas personas bendecidas por la gracia de conocer al profeta Mahoma o a sus descendientes.
Según el cronista medieval más importante de El Cairo, Taqi al Din al Maqrizi (1364-1442), el camposanto en Egipto era el lugar de recreo más importante de la ciudad.
La "ciudad de los muertos" conserva todavía parte del antiguo esplendor medieval, no solo arquitectónico -esconde algunos de los mejores monumentos del arte mameluco- sino también social, pues algunas de las romerías a las tumbas de los santos, que datan del siglo X, siguen celebrándose en este cementerio pese al disgusto de los puritanos islámicos, que ven con malos ojos el culto a los muertos.
Mientras, el estado egipcio de alguna forma ha legalizado la invasión del camposanto. Ha llevado escuelas, ha reglamentado las viviendas, ha extendido líneas de transporte y hasta ha organizado elecciones.
Pero la "ciudad de los muertos" se transforma por las noches. Por eso se queja la cincuentona Um Ali, que implora poder salir de allí para proteger a sus hijas de "los drogadictos y delincuentes que deambulan como fantasmas por las oscuras calles del camposanto. Aquí ninguna mujer se atreve a salir sola de su hogar en la noche".
Algunos de los "barrios" de la "ciudad de los muertos" pasan por ser los más peligrosos de El Cairo, y la Policía apenas se aventura por entre las tumbas.
Y hay algo peor, de lo que la gente habla en susurros: el robo de cadáveres. En octubre pasado, el empleado gubernamental Salim Mohamed Chahata, de 39 años, casi se desmayó cuando fue a sepultar a su madre. Al llegar al panteón familiar no encontró el cuerpo de su hermano, que había sido enterrado apenas hacía tres semanas.
Ante tal degradación, el gobierno egipcio anunció un ambicioso proyecto para trasladar a toda esta población del camposanto a las afueras, pero de momento nada se concreta.
Los sesenta y seis monumentos islámicos -fatimíes, ayubíes y mamelucos- catalogados en estos cementerios por el Consejo Supremo de Antigüedades languidecen entre tanto descuido, polvo y desidia.