Domingo 22 de octubre del 2006 El País

Volcán los tiene lejos de casa

AMBATO, Tungurahua | Wilson Pinto y Víctor Hugo Cevallos

1.150 afectados por el Tungurahua viven en albergues

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CUSÚA, Tungurahua.– Un par de agricultores regresaron la semana pasada a su vivienda para limpiar el techo que quedó cubierto por la ceniza del volcán.

Desde el pasado mes de agosto la vida de los habitantes de las comunidades ubicadas cerca del Tungurahua cambió radicalmente. Ya no trabajan sus tierras y viven en zonas extrañas para ellos.

La nostalgia, como la ceniza que a diario se desplaza por los alrededores del volcán Tungurahua, invade a decenas de familias que desde hace dos meses son visitantes ocasionales de sus viviendas o no han vuelto a ellas.

El 17 de agosto pasado cuando el Tungurahua expulsó con fuerza  de sus entrañas lava, ceniza y roca incandescente, a eso de las 05h00 cientos de familias tomaron unas cuantas pertenencias y salieron despavoridas de sus humildes moradas para protegerse de la ira del coloso.

Desde entonces, pocos han retornado a sus casas y lo han hecho a sabiendas  de que persiste la amenaza de que la próxima vez  el volcán podría desfogar con más fuerza su ardiente contenido.

En estos días 350 familias –1.150 personas– viven en los albergues instalados en agosto pasado en las provincias de Tungurahua y Chimborazo; 800 personas son de la primera y 350 de la segunda.

Lejos de sus tierras y sus animales, que murieron y  que tanto cuidaban, los afectados viven de su recuerdo y con esperanzas de volver.

Orfa Mariño, una campesina de 48 años de edad y que siempre ha vivido en Cusúa, Tungurahua, está albergada en la casa comunal de El Pingue. Ahí se lamenta  debido a que vivir lejos de su casa le produce ahogos.  “No soporto permanecer aquí porque el aire me falta. Si no se hubiera destruido el sistema de agua que llegaba a mi comunidad, ya nos hubiésemos vuelto”.

La angustia de no estar en  sus hogares no solo la sienten los mayores, sino también los niños que estaban despiertos o  que interrumpieron de golpe su sueño la madrugada en que erupcionó el volcán y que  cargados por sus padres, tomados de sus manos o corriendo torpemente formaron parte de  aquella inolvidable estampida.

Niños como Eduardo, Carmen Argüello y Édison Cujano se entristecen al quejarse de que extrañan jugar al aire libre en las laderas de Cusúa, donde el aire golpeaba sus caras mientras el sol las calentaba.

A su corta edad: Eduardo de 11, Carmen de 8 y Édison de 13 años también añoran  realizar las tareas agrícolas que a diario compartían con sus padres. Eduardo dice con  voz quebrada por el frío que ya no tiene su burrito para montar y pasear por las faldas del coloso. Que sus actividades de las tardes, de lunes a viernes, se han interrumpido porque  ahora va a la escuela de 13h00 a 18h00, cuando antes asistía en las mañanas.

Pero no todos los damnificados refugiados están en alguno de los cuatro albergues de Tungurahua (Pelileo o Baños); o en los cuatro de Chimborazo (Palitahua y Penipe). Personas como Cleotilde Rodríguez permanecen en cuartos prestados. Ella pasa con su esposo y sus cinco hijos en una pequeña habitación que le cedió temporalmente un señor al que llaman “Don Vidén”.

Esta mujer dice que no puede ir a Cusúa a efectuar las tareas agrícolas porque tiene que cuidar a sus hijas Azucena y Nayel.

“Antes les cargaba a mis guaguas y me iba a mi huerto de tomate a trabajar. Ahora por temor a la actividad del volcán tengo que quedarme aquí”, masculla Rodríguez mientras lava ropa y ahoga sus ojos en lágrimas. El llanto se ha vuelto cotidiano en ella en los últimos meses porque lo hace aflorar la nostalgia por su amado hogar, sus animales, los sembríos y todo aquello que le cortó sin piedad el Tungurahua.

Para los hombres, volver a diario a sus casas y tierras asentadas en las faldas del volcán o muy cerca de él es menos complicado, pero sí arriesgado, porque durante una de esas visitas podría erupcionar nuevamente. 

Campesinos como Manuel Martínez y Hernán Ojeda  salen todos los días con sus azadones a sus terrenos en Pillate, Chimborazo, a labrar la tierra. Cuando el sol aumenta mucho su intensidad ambos hombres temen que, al calentarse el cascajo que se encuentra en sus tierras, se quemen las pequeñas plantas que están casi a punto de retoñar.

Aun así, dicen que  no se doblegarán y que están dispuestos a darle dura lucha a la Mama Tungurahua, cuyo nombre en quichua significa Garganta de Fuego.

En sitios como Guano, para distraer a los niños de la añoranza por sus hogares se los hace escuchar música, participar de juegos y otras actividades.

Sin embargo, aquello es un elixir momentáneo, porque una vez pasado su efecto vuelven a la realidad: un volcán rugiendo constantemente y la incertidumbre de si el día en que vuelva a erupcionar está cerca o lejos, y si cuando ocurra quedará algo de sus tierra y hasta de sus propias vidas.


10 ALBERGUES
están listos para recibir a los habitantes de las comunidades Cahuají Bajo, Chazo Bajo, Cahuají Alto y La Palestina, asentadas en la provincia de Chimborazo, sitios que de darse una nueva erupción podrían afectarse mucho, según advierten los técnicos del Instituto Geofísico de la Politécnica Nacional.
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