- OCT. 12, 2006 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Si se reúne la sintonía de todos los programas políticos, se observa que la mayoría del electorado no se ha informado por televisión. Si se atiende al monitoreo de Participación Ciudadana, hay candidatos como Cynthia Viteri y Fernando Rosero que tienen gran exposición mediática. Otros, como Gilmar Gutiérrez, no han logrado mayor espacio en medios. Aun así, la votación real de cualquiera de los postulantes puede ser una sorpresa.
Es cierto: no es que la TV imponga los candidatos que lideran las encuestas; sucede a la inversa, las encuestas determinan en cuáles candidatos se enfocará la TV. La ecuación se invierte, pero el resultado es igual de perverso, porque las encuestas son frágiles fotografías de ciertos instantes, útiles, pero no determinantes.
¿Por qué la relación encuestas-TV se ha vuelto tan determinante? Hay una afición natural de quienes hacen TV por las encuestas, de hecho los ratings son eso. Adicionalmente, quienes determinan las agendas periodísticas al parecer no cuentan con herramientas que relativicen el peso de la polaroid ni intentan contarnos a los televidentes una película completa.
En otras palabras, gran parte del periodismo político se lo hace sobre información coyuntural, alguna intuición, comparaciones sobre lo que se cree es la política en otros países y una que otra experiencia personal. En ningún momento se trata de conocer y menos entender los procesos políticos que se desarrollan en el tejido social real del país. Y ya se sabe: lo que no se entiende no se puede comunicar.
Hay una tercera pata en este taburete: una porción del periodismo político no informativo está enfocado en construir pronósticos y predicciones, en examinar “escenarios”. Para ejercer la futurología se recurre asiduamente a los famosos analistas que son quienes pueblan los sets de TV.
Los analistas –ya sabemos por la investigación de 20 años de Philip E. Tetlock– suelen fallar demasiadas veces. Mientras más apocalípticos, más tienden a fallar, pero más pantalla obtienen. En los últimos días hemos soportado una avalancha de apocalípticos en la televisión. Los que hablan de todos los males que van a ocurrir si el electorado toma cierta decisión.
La política y el periodismo confluyen en un punto: el lenguaje. Sin embargo, el periodismo debe desbrozar los lenguajes del poder expresados en la política, esa es su tarea. No puede tragarse sin beneficio de inventario los discursos de ciertas élites. Por eso, en lugar de repetir machaconamente “populismo”, “neopopulismo”, “populismo ilustrado”, “partidocracia” o “dueño del país”, bien haría en comenzar a desmontar esos conceptos, en llenarlos de contenidos y en convertirlos en reveladores de la verdad, no en encubridores de falacias.
¿Qué es el periodismo político en el Ecuador? Esa es una gran pregunta, que habrá que comenzar a formularse urgentemente.