Miércoles 11 de octubre del 2006 Editorial

Medicinas alternativas


A las medicinas alternativas se las debe ubicar en su exacta dimensión. No pueden reemplazar a la medicina convencional, sino complementarla. La acupuntura ha demostrado ampliamente su eficacia, pero restringida a ciertas dolencias. Algo similar puede decirse de la medicina herbaria tradicional. Y es que ninguna de las dos constituye un cuerpo de teoría y de práctica consistentes, como sí ocurre con la medicina convencional, cuya preeminencia por eso es evidente.

Cierto es que la medicina moderna se ha especializado tanto que algunos profesionales de la salud pierden a veces sensibilidad ante el sufrimiento. Pero en esos casos no es la ciencia la que falla, sino los que la practican; y como advierte el viejo dicho, no se debe arrojar al niño con el agua sucia de la bañera. Hoy la medicina científica salva más vidas que nunca.

Advirtamos, eso sí, que nada de esto tiene algo que ver con supercherías y supersticiones encubiertas bajo el título de “medicinas” alternativas, que en realidad agravan las dolencias o conducen a la muerte, y cuya extensión la debe evitar el Estado llenando el vacío legal al que nos referíamos al inicio.
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