‘Robesor’ es el seudónimo con que me ha dirigido una carta electrónica un ciudadano latinoamericano radicado en Estados Unidos: “Leí conmovido su artículo acerca de las realidades que afectan la sociedad ecuatoriana por la emigración masiva de una buena parte de la generación actual, fruto de las condiciones económicas asfixiantes que se respira en esa tierra”.
Aclara, a continuación, que aunque no es ecuatoriano, está ligado a una ciudadana de nuestro país y que además la sociedad de donde proviene experimenta las mismas angustias y desesperanzas económicas que abruman al Ecuador. Aunque no lo dice explícitamente, de sus palabras se desprende que somos países dependientes en lo social y económico, tanto de los gobernantes que rigen el mundo contemporáneo como de los que imponen su voluntad en nuestros gobiernos.
A continuación nuestro corresponsal Robesor dice: “Tal pareciera que, ante el fracaso económico y la disminución de nuestras economías, la nueva estrategia de nuestros gobernantes es exportar sus ciudadanos, con miras a mantener el nivel de las reservas de dólares a través de las remesas enviadas por las diásporas dispersas por todo el mundo”.
Piensa el botellero que los gobernantes próximos a elegir deben reunir sus ideales y reclamaciones justísimas para que tenga el mayor peso moral y material el pedido de rebajar sustancialmente las cifras que debemos pagar por concepto de interés de la deuda. Y que los gobiernos de los países que han recibido tres o cuatro veces el monto de sus respectivas deudas, las declaren condonadas.
No se trata de conseguir una concesión graciosa o una limosna, sino de proceder con justicia para que no se ahonde más la brecha existente entre quienes tienen la riqueza extrema y quienes solamente sobreviven porque “Dios es grande y cuida de sus animalitos”.
Abona favorablemente al buen éxito de esta gestión de los pueblos del Tercer Mundo la circunstancia de que ya se ha procedido a la condonación de la deuda que pesaba sobre los hombros de los subdesarrollados. Ahora, se niega la petición de los pueblos que naufragan en la miseria y el desamparo, aduciendo que no son lo suficientemente pobres para obtener lo que consideran los acreedores “una gracia especial”.
Cartas como la que estamos glosando de Robesor sirven para dejar constancia de que por todo el planeta se riega, como mancha de aceite, la solidaridad con nuestros países “a pesar de la miseria que golpea cada vez con más fuerza a la mayoría de latinoamericanos”, según palabras de nuestro corresponsal Robesor.