A tres semanas de las elecciones, la campaña ha girado más sobre temas de reforma política y poco sobre temas de similar significación, como aquellos relacionados con los principales sectores de actividad económica, como el agrícola. En el mejor de los casos, los candidatos recorren los pueblos rurales con la ya cansina oferta de soluciones tradicionales, como el incremento de recursos al BNF para jugar sobre la esperanza de crédito. ¡Qué forma más burda de conseguir votos!
El sector agropecuario es importante por su producción, exportaciones, agroindustria y seguridad alimentaria; pero también porque de él depende al menos un tercio de la población y buena parte de los pequeños y medianos centros urbanos, para su empleo e ingresos. El comportamiento de este sector dista mucho de la importancia que tiene; entre 1990 y 1999, apenas creció en 0,7% mientras que los sectores no agrícolas crecieron en torno al 5,9%. Si bien a partir del año 2000 mejoró su dinámica, esta se concentra en unos pocos productos agrícolas, como las flores. Otros como los cereales, por ejemplo el arroz y otros productos agrícolas, la ganadería y las exportaciones tradicionales, apenas crecieron. Como resultado, la migración del campo a la ciudad y al exterior se incrementó y la población en las zonas rurales y el número de empleados en el sector agropecuario se han estancado o tienden a reducirse. Para quienes se quedan en el campo su condición más probable es la pobreza.
Esta realidad esconde años de descuido e incluye problemas de tenencia de la tierra, baja productividad en la mayor parte de las producciones agrícolas, reducida infraestructura para la producción, escaso desarrollo de mercados de insumos y sus altos precios, ausencia casi total de sistemas de apoyo a los productores, que no sean controles al ingreso de productos en frontera, así como debilidad de las instituciones públicas como SESA, INDA o BNF o el mismo MAG. A ello debe agregarse baja calidad de la educación, reducidos servicios de salud y debilidad de los sistemas de protección social en las zonas rurales. El campo y los agricultores reciben muy poco, por decir nada, con relación a su contribución a la economía del país.
Por ello resulta imprescindible un nuevo acuerdo de largo plazo entre la sociedad, fundamentalmente urbana y su sector agropecuario y rural, para sentar bases para un desarrollo del sector que sea sólido, sostenible, competitivo y de amplia base social. Los nuevos líderes políticos deberían ser portadores de tal acuerdo.
Pero la ausencia de propuestas para al sector agropecuario y rural en la actual coyuntura electoral reproduce este olvido secular. Los candidatos ponen poco énfasis en apoyar a los productores para mejorar su competitividad, incentivar la innovación tecnológica, promover la reconversión hacia rubros que generen mayores ingresos, apoyar la investigación tecnológica o mejorar las instituciones del sector. Arroceros, maiceros, ganaderos, paperos o cacaoteros deberían exigir un nuevo tipo de políticas para el sector, hacer valer su peso económico, social, pero también electoral y no dejarse engañar por los cantos de sirena que repiten probadamente insuficientes.