Me ha sido inevitable pensar con relación al III Encuentro de Narración Oral en los orígenes de la literatura como hecho creativo. Esos orígenes no pueden ser otros que una oralidad narrativa que comenzó a existir al tiempo de la existencia de los lenguajes articulados.
Chomsky, entre otros, ha analizado el problema de los orígenes del lenguaje como sistema de comunicación humano. Pero este problema que es o puede ser preocupación de los lingüistas y de los semióticos no es el interés de este artículo. Como ya señalé, mi reflexión es sobre la literatura.
Contar, narrar es relatar a través de la palabra oral lo que ve, siente, piensa, escucha el que habla. En más o en menos todos podemos hacerlo. Unos naturalmente con mayor frescura y emoción, con la viveza y el tono para seducir a sus oyentes. Otros de modo más parco, más neto, en que el silencio o la pausa es también palabra dicha que se hermana y no solo se integra a las otras.
Esta oralidad es, pues, literatura en la medida que construye una imagen del mundo que aproxima una realidad a tiempo que la supera, es decir que la vuelve ficción. El hecho literario es básicamente eso. Pero, sin duda, no existió en la fabulación oral la necesidad de convertirse en realización creativa sino fundamentalmente comunicacional, pues eso respondía a la necesidad del narrador.
Se puede hablar entonces de la narración oral como de la preliteratura que fue indispensable para la aparición del discurso literario por escrito. Yo, por ahora, prefiero hablar de una primera literatura.
No solo los poemas de Homero sino, en general, los que constituyen los inicios de las diversas literaturas nacionales mantienen los ecos y ritmos de un habla que se fue depurando a medida que los desarrollos culturales de los pueblos eran más vitales y definidos. La gran poesía epopéyica es eso: un narrar que recoge los orígenes míticos e históricos de una comunidad, fundidos en un acto de habla que es también acto de pensamiento y sentimiento, de pasión y afirmación: en fin, un acto fundacional del mismo lenguaje creativo.
Para Platón la escritura era casi una perversión del habla, lo que no deja de ser paradójico si se tiene presente que fue un magnífico escritor. Pensaba, sin duda, en Sócrates de quien se ha escrito que nunca tradujo su pensamiento a escritura. Pero pudo pensar también que la palabra escrita no es sino mera referencia de la otra, aquella que toda persona adquiere por la natural acción de escuchar y repetir.
Si la literatura de origen fue narración de acciones del héroe, del dios o de entes sobrenaturales y malignos, hubo que esperar un largo tiempo para que se volviera otra, descriptiva, reflexiva y analítica. Por eso, quizá, la novela como género no pertenece a este primer momento, pese a que en buena parte de los textos poéticos antiguos y en narraciones como el Satyricón o El asno de Oro ya está presente una fabulación novelística.
La atracción de la palabra oral es indudable. Pienso en la seducción que embarga a un niño ante el contar de un abuelo o un padre. Es que la palabra desvela y no solo revela el mundo para el espíritu humano.