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Los luctuosos y nunca bien deplorados acontecimientos del 29 de mayo último, que tuvieron como escenario a la capital de Manabí, han dejado sedimentos emotivos de los más contradictorios órdenes, que parecen estar convergiendo hacia otros puntos, no sólo delicados, sino también de extremado peligro, y cuyo dominio demanda una posición espiritual de cordura, una actitud elevada y patriótica. Así quedará también suavizado, si podemos decir, el horror de lo trágico y se devolverá al ánimo el equilibrio constructivo y reparador de que tanto necesita el país para su desenvolvimiento.
No es el momento de avivar pasiones, de predisponer a unos contra otros, de agravar lo que la ofuscación creó por uno de esos caprichosos e inexplicables modos de exteriorizarse el espíritu. Es más bien la hora de lamentar el error y de orientar el sentimiento público hacia la ponderación, hacia la búsqueda de las causas generatrices de la anormalidad, para que se enmiende lo que haya que enmendar y no se repitan mañana espectáculos tan conmovedores como los registrados.
Hay que pensar en función de la patria. I esto quiere decir: laborar para impedir disgregaciones espirituales, enconos saturados de venganza, capaces de encender animosidades en los sectores sociales y territoriales del país. En consecuencia, póngase cordura en las palabras y los hechos; así, las llagas que dejó la perturbación no se avivarán ni se extenderán más allá de los límites justos en que deben mantenerse. La pérdida de vidas, el regar de sangre sin que de ello obtenga beneficio la patria, es realmente doloroso; pero más doloroso es y será alimentar el rescoldo de la pasión y querer desviar hacia infortunados caminos las fuerzas morales del hombre, de modo que la unidad nacional se resquebraje y el rencor se apodere de las almas precipitando mayores males. Haya, pues, serenidad en todo y dése el aporte de fe y de esperanza que el Ecuador necesita para salir victorioso en su lucha con los problemas y dificultades que lo cercan.
Hasta ahora, el sentimiento de clase ha cumplido su deber: los militares, exaltando a su camarada fallecido, y los estudiantes, rindiendo su homenaje a la juventud estudiosa que cayó herida o muerta en el turbión de los acontecimientos de mayo. Hermosas son las actitudes solidarias del compañerismo; grato es ver cómo el infortunio de uno es dolor de los demás y cómo el espíritu común se identifica a plenitud con las circunstancias adversas de éste o aquel asociado. Pero si en nombre del compañerismo van a ser sacrificados los fundamentos de la unidad nacional, el orden de las instituciones, la normalidad del vivir creador y se pretende aislar y malquistar a los pueblos, a encender rivalidades y venganzas entre hermanos e involucrar en los hechos a quienes estuvieron lejos de los mismos, porque la irreflexión así lo quiere, es entender mal el espíritu de clase, es no honrar debidamente a los que ofrendaron sus vidas por ideales puros, por ver en plano de mayor engrandecimiento las cosas de la patria.
Restablezcamos el clima de cordura que necesita el país para subsistir y emerger airoso de sus dificultades. Vuélvase a la normalidad que hubo de interrumpirse; y en homenaje a los caídos el 29 de mayo, tal vez equivocados en sus procedimientos, pero agitados por el deseo de hacer un Ecuador mejor, retornemos a la serenidad, no pongamos en los surcos de la patria ni la cizaña proveedora de heridas, ni la simiente negativa de la violencia. Todos somos ecuatorianos, y por grandes que hayan sido los errores que culminaron en la tragedia, abramos el corazón para lamentarlos y rectificarlos y para impedir que otro infortunio de ese orden conmueva el sentimiento nacional. |