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El día de ayer el mundo pudo observar, estupefacto, cómo varias ciudades norteamericanas se convertían en el escenario de una historia de horror. Uno de los momentos más dramáticos ocurrió cuando varias personas desesperadas hacían señas con pañuelos y prendas de vestir, desde lo alto de las Torres Gemelas de Manhattan, en Nueva York, para luego lanzarse al vacío con la esperanza inútil de evadir la muerte. El drama continuó en los minutos y horas siguientes, a medida que decenas de miles perdían su vida por la decisión irracional de unos criminales.
No se sabe aún quiénes son los responsables de este atentado, pero ya se puede anunciar que este no estuvo dirigido en realidad contra una nación sino contra la comunidad internacional, que anhela la paz por encima de cualquiera otra consideración.
Se ha comparado este ataque con el bombardeo a Pearl Harbor en 1941. Pero aquella vez, en el marco de una guerra que se expandía por el mundo, el objetivo de los japoneses fue militar.
Lo trágico y conmovedor del suceso de ayer fue que se atacó a objetivos ubicados en el corazón de los Estados Unidos. El resultado: una absurda y dolorosa estela de muerte y destrucción en miles de personas inocentes.
Los nuevos tiempos demandan serenidad y mesura de los líderes estadounidenses a la hora de decidir una respuesta a sus agresores, así como una actitud generalizada, en todos los países del mundo que amen la paz, para que la justicia se encargue de las sanciones que el caso amerita y que el reclamo al terrorismo sea un clamor universal contra la violencia. |