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Era esperada la caída del gobierno del doctor Arroyo del Río, porque sus errores, sus delitos, la desenfrenada ambición de sus hombres, la corrupción moral y cívica de casi toda la administración, pesaban ya demasiado en la conciencia nacional. Al fin tenía que producirse la reacción del pueblo y del soldado ecuatoriano que supo conservar el orgullo de sus virtudes patrióticas, pero al cual, la codicia de mando, el ensimismamiento del gobernante, llevó al sacrificio en los momentos en que un enemigo violaba nuestra frontera y atropellaba la soberanía de la patria. El Ejército no podía olvidar la traición que se le hizo, y con ella la traición a los más caros derechos de la república.
El doctor Arroyo, ascendido a la Presidencia por medio del fraude electoral de 1940, deja una marca sombría en la historia del país. Rompió la Constitución aprovechando la docilidad de tres Legislaturas. Desconoció la virtualidad de las leyes, las ultrajó, las mixtificó y pasó sobre ellas con un signo intolerable de impunidad.
El doctor Arroyo persiguió a intelectuales y periodistas que lo combatían con justicia y le señalaban sus equivocaciones, antes que para herirlo, para invitarlo a una patriótica rectificación.
La manifiesta divergencia entre el Ejecutivo y el pueblo, ha venido ahondándose por factores conocidos. A la situación económica que ha creado un estado de desesperación para la vida doméstica ecuatoriana, como consecuencia de errores administrativos que el pueblo ha clasificado en la historia de cuantiosos peculados, se ha unido una acción sistemática de represiones y violencias, de persecuciones y prisiones sin formación de causa que se han ido agravando con el desarrollo de los prolegómenos eleccionarios, en que el pueblo ha palpado la gran distancia existente entre la palabra oficial y su ofrecimiento de respeto y garantías, y los preparativos oficiales en marcha, en que tras el despliegue de conciliábulos de autoridades las agrupaciones contrarias a la candidatura oficial han visto la resolución abierta y sin ambages de imponer el fraude en la elección de Presidente de la República, es decir en el acontecimiento constitucional en que la masa ciudadana ha cifrado su máxima esperanza de un reajuste de la situación sin antecedentes en que se encuentra el país.
Este complejo de la política interna, se ha agravado con los acontecimientos internacionales referentes a los arreglos que el Gobierno y la Cancillería han llevado a cabo sin consultar a la opinión nacional y ha determinado la enérgica y general protesta del país, haciendo que la oficialidad joven y los soldados del Ejército se solidaricen con el pueblo, dentro de un amplio sentido de nacionalidad, como un tácito desconocimiento de los hechos. Con lo cual se ha colmado la medida de la ecuanimidad pública y la actitud pasiva de la colectividad se ha desbordado al fin en sucesos que traducen un imperativo urgente de rectificaciones y reparaciones en la marcha de la vida nacional.
La prensa del país ha venido auscultando este proceso desacertado en que se ha desarrollado la acción oficial; y los órganos periodísticos, han venido recogiendo el clamor multánime de todos los ángulos de la opinión pública, siendo lamentable que el Gobierno haya cerrado los ojos y los oídos al panorama de la tragedia ecuatoriana y al reclamo urgente del pueblo. Ha caído un déspota cordial y profundamente repudiado por los ecuatorianos. Un gobernante que tiene que responder ante la Historia y la Nación. Algún día se dictará el veredicto condenatorio e inapelable para la administración que acaba de caer. Por ahora no hacemos sino documentar, aportar recuerdos y hechos.
El movimiento efectuado el día 28, debe ser un movimiento restaurador de toda la vida nacional. Cuiden el Ejército y el Pueblo de no caer en los errores que han originado el derrumbamiento de la oligarquía arroyista. Creemos que el hecho ha sido inspirado en el amor a la Patria, a la Constitución y a los ideales democráticos. La comprobación de ello ha de venir preparando de inmediato el recobro de la legitimidad constitucional.
La transformación política que se ha operado en Ecuador es una de las más trascendentales de la historia de este. No caigamos de nuevo en la sed de mando y no malogremos los propósitos honrados que han sido enunciados para justificar el hecho. La política internacional requiere hoy de una tinosa conducción. Que no se nos aleje más del concierto de naciones democráticas en este minuto premioso en que está para derrumbarse también el imperialismo nazifascista, y en que hay necesidad de prepararnos para el banquete de la paz. No es tampoco el instante propicio para originar suspicacias y recelos en el exterior. La Patria necesita reconstituirse primero, después de cuatro años de oprobiosa tiranía; y esa reconstitución es tanto más urgente cuando se mira a las fuentes de la tragedia ecuatoriana y se infiere de ello que la desestimación nuestra en el campo internacional arranca de debilidades que padecemos.
Este movimiento ha dejado el saldo doloroso de algunas víctimas. La sangre derramada, las existencias abatidas, deben inspirarnos respeto y lealtad. Son ellas, las cosechas prematuras de juventud que la Patria, la Libertad y la Democracia ecuatorianas han exigido. Inclinémonos reverentes ante los hermanos caídos y no dejemos que su sacrificio sea estéril. Y valga la oportunidad de recomendar al pueblo de Guayaquil, consciente de su responsabilidad histórica, que prosiga en su línea de corrección para que no se desvirtúe ni se desvíe el ideal cívico que ha plasmado este movimiento.
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