Me tocó vivir la niñez en los setenta, cuando tirar piedras estaba de moda, como estaba de moda odiar a Estados Unidos, mientras la utopía socialista seducía a los intelectuales, seguidos por los tontos entusiastas, renegando en secreto de su condición. Vivíamos la aventura cepalina que le costó al continente veinte años de estancamiento mientras que la calidad de vida de los cinco países asiáticos que optaron por modelos de desarrollo liberales, hoy está casi a niveles del primer mundo. El militarismo estaba en su máximo estado de ebullición, cuyos vapores hasta el día de hoy humedecen las páginas de la historia, al punto de dejar borrosos algunos capítulos.
Cualquier sala de espera que se respetara tenía que exhibir el último número de Mafalda y en las estaciones de radio que se preciaban de estar a tono con las circunstancias, se escuchaba a Piero. Pero recuerdo que lo que más de moda estaba eran los estudiantes. Fue un tiempo muy interesante para nacer y ser niño.
Tiempos turbulentos en cuanto a lo dogmático. Yo en ese entonces no era estudiante, era tan pequeño que apenas era caminante. Eran los tiempos de incubación de “los perfectos idiotas latinoamericanos”. Esto vino a mi memoria hace pocos días, cuando se pusieron momentáneamente de moda los estudiantes, protestando por la Metrovía. ¡Cuánto hemos criticado los guayaquileños el caos que ha sido el transporte urbano! Por eso, resulta penoso que cuando al fin la ciudad implementa un sistema que resolverá parcialmente tal situación, un grupo de revoltosos que no comprenden la dimensión del cambio, pretenda causar daño.
Recordando aquellas revueltas estudiantiles tan comunes en los setenta, noté una diferencia: eran por temas trascendentales, no por un proyecto que promueve el desarrollo. Hemos cambiado. Hemos perdido la profundidad. ¿No es más importante protestar contra la corrupción en las cortes o la desgracia en que desde hace más de veinte años ha caído sobre la CTG sin que alguien capaz pueda resolverla, por ejemplo?
En aquellas épocas, los escándalos se producían por situaciones que eran desconocidas por la opinión pública, las que al salir a la luz causaban estupor. Hoy, inmoralidades como la grabación que pudimos observar entre un político y el mánager de un juez, no significan nada nuevo para los ecuatorianos. Todos estamos claros que esas cosas son pan de todos los días. Así como no son nuevos los latrocinios alrededor de Petroecuador y Pacifictel, la desvergüenza que significa que los jueces del Tribunal Supremo sean afiliados a partidos políticos, lo torcido y parcializado de sus fallos electorales, entre tantas otras situaciones que son conocidas, pero de las que nadie habla en público. Hoy los escándalos se producen sobre cosas notorias y sabidas, y no como en el pasado. Entonces, otra cosa que ha cambiado es que los ecuatorianos hemos perdido el pudor. Y con ello, la capacidad de asombro; lo que trae consigo la mediocridad. También hemos perdido dos generaciones y más de tres décadas, y no cambiará hasta que los estudiantes se pongan de moda nuevamente, pero de una manera diferente, como lo hicieron en Chile y Costa Rica.