- SEP. 10, 2006 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Querido Juan:
Me imagino cómo debes disfrutar desde el pasado domingo, cuando el Señor, después de tanto sufrimiento corporal, te dijo “basta”. Con tanto amor a la verdad como tuviste, y tanta sensibilidad para extasiarte ante lo bello, te debes encontrar –ya sé que es una tontería lo que digo– como se siente un niño con zapatos nuevos.
Por aquí no paran de elogiar tu trayectoria humana. Unos subrayando tu labor intelectual y tu servicio a la Patria. Otros resaltando tus trabajos pastorales. Pero a mi juicio son pocos (o debieran ser más numerosos) los que advierten y proclaman el meollo de tu vida.
A mí el Señor me lo hizo ver muy pronto. Exactamente a los dos días de llegar al Ecuador, el 19 de junio de 1969. Con tu memoria de acero, lo debes recordar perfectamente. Fue cuando al poquito de tu ordenación episcopal, quisiste que cenara con el también entonces auxiliar de Quito, monseñor González.
Se habló en la sobremesa de la crisis que afligía por aquellos años, a causa del inquieto “posconcilio”, a nuestra Madre la Iglesia. Y por lo que dijiste sobre la necesidad de obedecer a Dios y no a los hombres, me di inmediatamente cuenta de que tu alimento –al igual que el de Jesús– era cumplir la voluntad del Padre Celestial a toda hora.
Después ya me enteré de cómo conociste a San Josemaría; de cómo el cardenal Montini –tratando de probar tu vocación al Opus Dei– te sugirió la posibilidad de dedicarte a la carrera diplomática en la Iglesia; y también de cómo le explicaste –a quien luego fuera Pablo Sexto– lo que el Señor quería de tu vida: ayudarle a que pudiera hacer el Opus Dei en ti y en tu contorno, tratando de santificarte en el trabajo y de santificar a los demás con tu trabajo.
Siguiendo este querer de Dios, enseñaste en la universidad, trabajaste en el flamante IESS, y te asociaste con un grupo de abogados prestigiosos. Pero luego el Señor, mediante San Josemaría, te pidió que te ordenaras sacerdote. Y tú, feliz de hacer la voluntad de Dios, pusiste en un segundo plano tu carrera de Derecho.
Después, al poco tiempo, la Iglesia te eligió para que la sirvieras como obispo. Y otra vez echaste por la borda tus proyectos para pastorear, en años sucesivos, cuatro diócesis distintas: la primada de Quito, la Ibarra, el obispado de las Fuerzas Armadas, y la Arquidiócesis de Guayaquil.
Al poco tiempo de regir la grey guayaquileña, quiso Dios que te diagnosticaran un potente cáncer. Y trabajaste con él, sin que nadie percibiera sus ataques, más de una docena de fecundos años.
Cuando ya la Santa Sede permitió que renunciaras a tu cargo en Guayaquil, seguiste trabajando: atendiendo la labor del Opus Dei en Quito, confesando y dirigiendo cientos de personas, predicando en la televisión, sacando nuevos libros, y pintando cada vez que tu salud y tu trabajo no te lo impedían. Solamente se notaba tu morir –o mejor, la dura “quimio” con la cual vivías– en tu cabeza sin pelo. Y todo para hacer la voluntad de Dios hasta la muerte.
Me parece que este rasgo de tu vida, sofocado por tus logros en lo humano, puede no ser recordado. Y por eso te escribo: para que nos ayudes con tu intercesión –a mí en primer lugar– a no olvidar lo más grandioso de tu vida.