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Todos los ecuatorianos nos hemos impresionado por la erupción reciente del Tungurahua, demostración cierta de la enorme capacidad destructiva de la naturaleza. La televisión nos transmitía en tiempo real el espectáculo colorido de cada explosión, pero también la desaparición de pueblos, la muerte de conciudadanos, la destrucción de sus bienes y sus llamados desesperados por solidaridad y apoyo. Paulatinamente, la onda destructiva se extendió más allá de las provincias de Tungurahua y Chimborazo, para alcanzar a las de Bolívar, Los Ríos y ciertas secciones de las del Guayas y Manabí. La mano generosa del pueblo ecuatoriano se extendió rápidamente, por medio de fundaciones y cadenas de solidaridad, para llegar con bultos de alimentos, cobijas, agua, máscaras y algunas medicinas a los afectados por la enorme tragedia y sufrimiento de la gente.
La televisión describió gráficamente cómo quienes fueron afectados eran fundamentalmente gente pobre. Sus pequeñas casas, sus pocos animales, sus reducidas extensiones de tierra en las que cultivaban en parte su pan, sus pocas posesiones se pusieron en evidencia con la mayor brutalidad. Ello comprobó cómo la destrucción provocada por la naturaleza se ensaña en los pobres y su precariedad. Ya se había observado aquello no solo en las anteriores erupciones del Tungurahua, en la del Reventador, en las inundaciones provocadas por El Niño y en desastres como los que sufren periódicamente países hermanos pobres como Nicaragua u Honduras.
No es que la gente con ingresos medios o altos no sufran o sus propiedades no se pierdan, es que los activos con los que cuentan los pobres son más precarios: sus activos son más reducidos; se localizan en zonas de mayor riesgo, en quebradas o en zonas de mucha pendiente; su riqueza se localiza en buena parte en torno a su vivienda; sus hatos, que en buena parte representan su ahorro de años, solo cuentan con pocos animales. Las redes sociales de las que hacen parte están constituidas por gente como ellos mismos, con escasos recursos, salvo la enorme capacidad de trabajar juntos para enfrentar tragedias.
La ayuda estatal fluye desde instituciones ellas mismas precarias, necesitadas de alguna inyección urgente de recursos desde el Estado central y opera por escaso tiempo. En estos días se contaba de gente desplazada hacia Pallatanga por una erupción pasada del mismo Tu ngurahua, cuyos títulos sobre sus nuevos terrenos ya caducaban, pues las oficinas encargadas de darlos los habían olvidado en algún cajón escondido.
Si bien el país necesitará fortalecer sus instituciones de defensa civil y de socorro, resulta imprescindible poner énfasis en programas para incrementar la calidad y sostenibilidad de los activos de los pobres. Esto tiene que ver con empleo, con programas de educación y salud de calidad, títulos de propiedad, apoyo a la infraestructura, ahorro en instituciones financieras locales; es decir, bienes públicos de responsabilidad del Estado. Esto requiere un esfuerzo duradero, no programas pasajeros que duran algún ofrecimiento electoral de última hora, implica acciones tanto del sector privado, generando el empleo necesario, pero también la acción del Estado, principalmente pero no exclusivamente, por medio de los municipios y gobiernos provinciales. Solo un programa de este tipo implicará solidaridad de largo plazo en el país y reducción de la vulnerabilidad.