Domingo 27 de agosto del 2006 El País

Niños cuentan su drama por la erupción

PENIPE, Chimborazo | Karina Huacón, redactora

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PENIPE, Chimborazo.– Niños de la zona afectada por la erupción del Tungurahua cuentan cómo vivieron aquel día en el que el coloso retumbó “como una bomba” y salieron de sus casas.

Luego de once días de ocurrida la erupción del volcán Tungurahua que causó la muerte de siete personas y arrasó  siete localidades de  Penipe, los menores aún conservan en sus mentes el susto que vivieron.

Son las 10h00 del lunes 21 de agosto. María Belén, Susana, Mónica, Álex y otros ocho niños corren detrás de una pelota sucia, mientras juegan un partido de índor.

La actividad la organizaron tres profesoras del Programa Nacional de Educación Preescolar de Riobamba (Pronepe), en el colegio de Penipe, que funciona como albergue desde 14 de julio pasado cuando el volcán Tungurahua erupcionó.

Mientras ellos juegan, un grupo ubicado a la derecha de las gradas grita “ra, ra, ra, Ganzi ganará...” y el otro desde la izquierda  responde “ra, ra, ra Palitahua perderá...”. De esta manera  las  maestras tratan de que los 40 niños que se encuentran en este albergue se integren y olviden lo triste que fue la  erupción.

De pronto, el grupo de la barra de Ganzi se levanta como formando una ola en el estadio y grita entre aplausos “gooool de Ganzi”. Los gritos son más fuertes a favor de este equipo que va  ganando tres a dos; pasados cinco minutos se convierte una cuarta anotación  y las maestras dan por finalizado el partido. Luego se reúnen para planificar la segunda actividad del día.

Mientras esto ocurre en los patios del colegio, en una de las ocho aulas que se acondicionaron como habitaciones con colchones en el piso, Patricia Ilbay, de 8 años, prefiere jugar con su muñeca y sus dos hermanitos, Gisella (6) y Byron (4), mientras los cuida su abuelita Zoila Barros (84).

“No me gusta estar aquí. Extraño mi casa porque me gusta jugar en el monte con mis ñañitos, pero ya no podemos porque el volcán ya no nos deja estar en la casa”, dice la menor.

Ella llegó al albergue el pasado 17 de agosto con su familia desde la comunidad de Punsupalla, que al igual que Palitahua, Manzano, El Tingo,  Ganzi y  Bilbao, fueron afectadas por el volcán.

Abriendo sus grandes ojos negros, haciendo gestos con su boca y abrazando sus piernas, ella comienza a recordar la noche en que el volcán le quitó su casa donde compartía una cama con sus hermanos y tenía un perrito cuyo paradero desconoce.

“El volcán comenzó a sonar fuerte, eran como disparos, no... creo que como bomba, ¡huy! no sé, eran ruidos grandes muy grandes, supergrandotes... que me asustaban mucho, mucho a mí y a mis ñaños.
¿Sabes?, a mí la señorita Rosa me decía en la escuela que el gran volcán tenía que explotar un día, pero que con las prácticas que hacíamos podíamos estar seguros, pero fue muy feo ese día”, cuenta mientras se da  vueltas en el colchón del albergue.

Aún en su mirada se refleja el susto vivido aquella madrugada. “Mi mami llamó a mi tía Juanita que vive en Riobamba para que nos saque en su carro”, y haciendo pucheros continúa su relato: “Ella le  dijo que no la dejaban pasar y que le iba a decir a un policía para que vaya a mi casa.

Pasó un rato y nadie iba, y en el techo se escuchaban caer las piedras que salen del volcán. Nos escondimos debajo de las camas, porque una de esas piedras dañó el techo y entró a la casa. Fue muy feo, esa piedra estaba roja muy roja”, recuerda la niña mientras su voz  se quiebra.

Patricia es interrumpida por su hermanito Byron. “Esa piedra pareciba el cabón que pende mi mamita para la comida, poque estaba rojita... yo lloré mucho y la Paty me deciba bajo la cama que todo estaba bien, ella también lloraba, mi mami lloraba y deciba, deciba que ya veniba un caro para sacanos de la casa”  (sic), dice el pequeño de 4 años.

Luego, Patricia recuerda que un carro de la Policía llegó a sacarlos de la vivienda. “Mi mami nos puso gorros, bufandas y mascarillas. Salimos  y tooodo estaba oscuro y caía mucha ceniza y piedras, unas caían en el carro,  pero no nos pasó nada”.

“Los policías nos llevaron  hasta el albergue de Puela, pero en el  camino todos los niños llorábamos en el carro y nos abrazábamos a nuestras mamis o papis, porque era la primera vez que  veíamos algo así, porque la otra vez no salimos así”, cuenta con voz quebrada Patricia, mientras sostiene una muñeca que le regalaron en el albergue.

Álex Giler, de 13 años y habitante de la comunidad El Tingo, recuerda que cuando Patricia llegó a  la casa comunal de Puela él ya estaba  ahí, porque había evacuado en la mañana.

“En la madrugada se sentían caer las rocas y una de ellas rompió el tejado del albergue. A las  02h00, un carro de la cooperativa  Bayusigh llegó con varios policías y nos ayudaron  a salir y nos trajeron  aquí. Yo quiero regresar a mi casa,  pero mi papá dice que está destruida  y  que no hay nada, porque  todo quedó debajo de la lava y ceniza. Pero también me da miedo que vuelva a rugir el volcán y otra vez tengamos que salir corriendo”, dice el adolescente, quien cuida  de su hermanito Carlos, de un año, mientras sus padres salen a su comunidad a ver qué pueden rescatar. Él al igual que todos comprende el peligro de la lava y ceniza.

A la mayoría de ellos no les gusta estar en los albergues, aunque dicen que las madres cocinan rico y que no sienten frío en los cuartos, pero  tampoco les gusta dormir en el suelo.

Los niños tienen miedo. Escuchan a sus padres decir que el volcán aún no se tranquiliza y les preocupa una nueva erupción, pues se preguntan a dónde huirán ahora.

 

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