- AGO. 10, 2006 - Foto - Editorial - EL UNIVERSO
El 10 de Agosto de 1809 no escapó a esa regla. Sus dirigentes no se atrevieron a proponer en ese momento la independencia total y la matizaron con un llamado a la lealtad hacia el Rey español destituido por el ejército francés. Lo mismo ocurrió en otros países. Estados Unidos comenzó pidiendo la derogatoria de unos impuestos; Venezuela, al inicio, se opuso al prócer Miranda; y así podríamos continuar.
Esas limitaciones no le restan ningún valor a esos primeros intentos de despojarnos del estatus vergonzoso de colonias. Por eso, descartadas las exageraciones, es indispensable rescatar el ejemplo del 10 de Agosto de 1809 para las nuevas generaciones.
La esencia de un país no son sus fronteras, que pueden modificarse; tampoco su himno o escudo, que muchas veces cambian; ni siquiera el idioma, que sufre transformaciones; y menos aún la raza o la etnia.
Lo fundamental es su trayectoria histórica, las grandes jornadas y los grandes hombres que sembraron su presente. Tratarlos con desprecio sería minar las bases mismas de nuestra nacionalidad. Saludemos entonces el 10 de Agosto como lo merece.