martes 08 de agosto del 2006 Columnistas

Ciudad, barca, vela, brújula…

“A Guayaquil, barca novia de un río y el mar”, versos compuestos por el  español Manuel Benítez Carrasco hace ya tres décadas, a nadie que haya nacido en  los sesenta en esta urbe, pueden dejar de emocionar.

Llegando Benítez a Ecuador, quedó enamorado de Guayaquil, como lo demuestra el primer verso del poema: “El Ecuador tiene una, una barca tropical, por la que mueren, mueren de amor, un río y el mar”. Hombre de percepción fina, poeta al fin, inmediatamente supo que a pesar de su potencial, esta ciudad no iba para ningún lado. Lo veía, lo sentía.
Por eso, el poema sigue: “Guayaquil es una barca que no quiere navegar, porque si navegar quisiera, bien podría navegar, porque velas no le faltan, no le falta capitán. La cruz en el mirador es un grumete de paz, gallardete de su fe, mástil de su cristiandad, luz, vigía, carta, brújula, y timonel celestial, la Virgen de las Mercedes vigila desde el compás; y remos… bueno, los remos, no le habrían de faltar, porque el estero Salado es un remo de sal, y sería el río Guayas, otro remo de cristal, con que navegar podría, si quisiera navegar”.

Por fin la barca izó las velas hace más de una década, y desde aquel entonces no ha dejado de navegar con rumbo norte, con  buen viento y buena mar. Hoy parecería que Guayaquil es vela,  brújula y quilla del Ecuador. ¿A qué se debe? ¿A buenas administraciones? Sí, en gran parte, pero también a mucho más. Así parecería entenderlo Jaime Nebot, el alcalde, cuando escribió: “Una ciudad no es sino lo que sus ciudadanos quieren que sea”.

Guayaquil es barca, que parecería estar navegando en un mar distinto, por lo que envidias despierta. Ya vendrán tiempos en los que ataques arremeterán. La suerte de la Ley de Autonomías, la lentitud del proceso y el peligro que corre en el Congreso parecería ser el primero; y parecería que el puerto de aguas profundas estaría por despertar el segundo. Y vendrán más.

¿Cómo los podrá enfrentar Guayaquil? Siguiendo la línea de pensamiento del Alcalde, con sus ciudadanos. Y mientras más fuertes los ataques, más sectores deberán involucrarse, no solo las élites tradicionales. Mas no se puede permitir el contagio en ninguna institución de la ciudad con la moda del país, como el Congreso, con posibles diputados que apenas escriben, otros cuyas gracias son cabecear o tener medidas sensuales.
La integridad, coraje y capacidad de sus ciudadanos es clave para  Guayaquil, pues si esta será lo que sus ciudadanos quieren que sea, sus ciudadanos querrán que esta sea el reflejo de lo que ellos son. La próxima década es crucial para lograr que el despegue de la ciudad no tenga retorno. Para lograr que Benítez Carrasco, si pudiera ver a Guayaquil, revisara palabras de su poema en el siguiente sentido: “Guayaquil es una barca, una barca tropical –proa entre azul y banano, quilla entre cacao y sal–, novia del mar y de un río, que ahora zarpa a  navegar, y que de amor por ella, mueren un río y un mar”.

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