Jamás he olvidado una pequeña nota periodística publicada en los medios guayaquileños hace varios años, con oportunidad de la instalación de servicios higiénicos flamantes y gratuitos en algunos lugares del Malecón.
El día mismo en que abrieron sus puertas fue detenida una humilde persona que estaba orinando pegada al poste de un edificio. Indignado con mucha razón, el policía que la apresó tuvo un dilema: ¿la llevo presa o le doy una lección de higiene y buenas costumbres? Pudo más el maestro que sin duda existía en su interior. Preventivamente, la llevó a una de las letrinas y le dio la clase de buenas costumbres. “Esto se llama escusado o guáter. Esto se llama urinario: aquí es donde debe orinar”.
El hombrecillo tomó fuerzas y respondió con voz firme: “No, señor. ¡Cómo va a decir eso! De esa agüita tomé y luego me lavé la cara, cuidando de que no se fueran a manchar esos primores de loza fina”.
En los días actuales ya no existen confusiones tan tremendas. Las baterías higiénicas se han multiplicado y aunque no al ritmo con que crece “la Ciudad del Río Grande y el Estero”. Todavía hay algunos retrasados de la historia, afanosos por lanzar el contenido de sus vejigas sobre algún poste o una muralla. Pero son la incontable excepción.
El hombre multitud señala como una razón de su inconformidad la carencia de servicios higiénicos en los barrios suburbanos, y no toma en cuenta las promesas de ampliar dentro de los menores plazos el alcantarillado y el agua potable. Guayaquil en estos días ha conquistado un lugar importante entre las ciudades de mayor y mejor acogida para el turismo. Cuanto hagan los gobiernos central y local en este sentido debe ser bienvenido.
Mientras garabateo estas líneas, pienso que buena parte del aporte popular puede provenir de la autogestión de los vecinos de los mismos barrios. Este Diario ha publicado varios casos en que se ha transformado totalmente tanto el exterior como el interior de las viviendas, las aceras y los bordillos.
Otro aspecto digno de relevarse es que las calles de nuestra ciudad que han sido regeneradas muestran un afán sincero de facilitar el tránsito de los discapacitados. Los reconstructores han eliminado la mayor parte de los obstáculos. “A Dios rogando y con el mazo dando”: al par que se embellece la casa del hombre, se la dota de mayor seguridad física para el transeúnte discapacitado o impedido. O para el distraído que pudiese meter la pata en alguna trampa oculta en el camino.