Lo arrastraron con sevicia y odio ante los ojos conservadores de hombres y mujeres y frente al silencio cómplice de representantes eclesiásticos y de gobierno, quienes observaron cómo despedazaban a quien pretendiera arrancar de su poder la identidad y el nombre de las y los ecuatorianos.
Protagonizando así uno de los momentos más vergonzosos de la historia de nuestra república. Comprensible, mas no tolerable, pues quien ostenta poder en nada le place que se lo arranchen de las manos.
Lo mataron porque batalló en nombre de un pueblo que mereció ser libre en toda la extensión de la palabra; libre de prejuicios, libre de conciencia, libre de la opresión y de la discriminación.
Tal vez por eso lo llamaron el “indio”, para intentar fallidamente mediante el desprecio, propio de los mediocres, aniquilarle las fuerzas. Quién sabe si supo que abandonar el mar, vecino de su casa, y subir a las alturas del poder oficial, con el propósito de emanciparnos, significaría la persecución de traidores, de aquellos capaces de prostituirse con tal de que le lancen a sus pies un poco de poder en donde vanagloriarse. Quién sabe si siempre supo de la existencia de ese tipo de cobardes, pero aun así, prefirió luchar con esa sospecha amenazante en su espalda con tal de emerger convencido de que se vive no solo para uno, sino para y por las generaciones que vienen detrás.
Quién sabe si por la suma de todos esos “tal vez” mataron a Eloy Alfaro, al padre del Registro Civil, lugar que representaría la separación total del poder eclesiástico en la vida, en el nombre y en la identidad de todas y todos. Pero lo que no pudieron matar es la secuela del fecundo poder que emerge de la dignidad humana, aquella que es la cuna de todas las libertades.
De esa dignidad seguramente le brotó el valor de enfrentarse al tirano García Moreno, aquel que ardería, según Montalvo, en las llamas del infierno con la panza llena de hostias; y de esa misma dignidad nos nutrimos hoy todos y todas quienes creemos que la historia de nuestra patria es la historia de nuestros actos.
Guayaquil acogió al general Alfaro y en una noble contraprestación nos ofreció que por sus obras lo reconoceríamos. Hoy, esta ciudad lo ha hecho, y en razón de ese reconocimiento, se inaugura una nueva casa en la que nuestros nombres estarán acogidos con seguridad y con eficiencia.
Asimismo, hoy hemos comprobado una vez más que no es utopía lo que dijimos en este mismo espacio hace aproximadamente dos años, “Guayaquil bautiza a sus hijos e hijas inmunizándolos contra toda forma de sumisión, sea porque es eterno el hecho que en su tierra se lanzó el primer grito de independencia o sea porque Guayaquil no pare hijos ni hijas que sean capaces de saberse vivos sino se saben libres”.
Recordar cómo y por qué vivió y murió Alfaro es un asunto de responsabilidad ciudadana, del compromiso por ese futuro que no tendríamos que reclamárselo a nadie, tan solo a nuestra propia conciencia mirándola de frente, y a Dios agachándole la cabeza.