Meses de violencia sectaria a manos de los escuadrones de la muerte que recorren la ciudad han afectado la vida en Bagdad de una forma que no se había visto ni siquiera durante la invasión encabezada por Estados Unidos y la consiguiente insurgencia.
La ciudad se marchita en medio de una oleada de asesinatos entre chiíes y suníes. Empleados municipales que recolectan la basura o de empresas de servicios públicos, conductores de camiones y mecánicos, no se aventuran a entrar en ciertos barrios. Los establecimientos comerciales abren a diario, pero cierran temprano porque la clientela teme aventurarse. Los barrios cierran las calles laterales con troncos de árboles y organizan la vigilancia armada contra los intrusos. Autobuses repletos de pasajeros parten todos los días hacia las fronteras, llevando iraquíes que buscan seguridad en Siria y Jordania, donde probablemente ya reside un millón de iraquíes.
Desde el 14 de junio, Bagdad ha sido el centro de la Operación Juntos hacia Delante, esfuerzo conjunto entre los 7.200 efectivos castrenses de Estados Unidos y fuerzas iraquíes, considerado como la demostración del poderío del nuevo gobierno. Sin embargo, el embajador de Estados Unidos, Zalmay Khalizad, reconoció que “el plan no ha producido los resultados que anticipábamos”.
La tensión ha aumentado en forma constante desde la caída del gobierno de Saddam, dominado por los suníes, que oprimía a la mayoría chií. Llegó a su punto de ebullición tras el atentado contra un santuario chií el 22 de febrero pasado.
Milicias chiíes, al parecer relacionadas con el nuevo gobierno chií, han sido acusadas de asesinatos y secuestros masivos. Los insurgentes suníes continúan con su campaña de bombardeo y secuestran chiíes que luego abandonan muertos a la orilla de las carreteras.
Las sectas han tenido vínculos entre sí desde hace tiempo en barrios, oficinas e incluso familias, así que la animosidad actual afecta más a los hogares que al gobierno.
Uno de los grandes interrogantes gira en torno a la capacidad y voluntad del gobierno para controlar las milicias chiíes. El 10 de julio la policía iraquí detuvo a siete de sus colegas que habían montado un retén para secuestrar a un hombre y robarle su automóvil.
Con frecuencia, los asesinatos son inexplicables y resulta difícil encuadrarlos en cualquier patrón o encontrarles tan siquiera la lógica más despiadada. Aún no está claro quién atacó sorpresivamente una reunión del Comité Olímpico Iraquí, celebrada en un centro de conferencias en el centro de la ciudad, y secuestró a su presidente junto con varios otros de sus miembros.
“Están matando a tenderos, panaderos, a un tipo que vendía verdura. A quien sea”, aseguró Yosef al-Baghdadi, agente de bienes raíces en el violento distrito de Manssur de esta ciudad.