Hace muchos años, recién entrado en vigencia, escribí sobre el mal llamado Código de Ética que rige las relaciones y actuaciones de los congresistas.
Recuerdo que muchos otros articulistas escribieron en contra, más o menos en el mismo sentido, con las mismas conclusiones. Era evidente lo que ocurriría: El Código, en lugar de coadyuvar a mejorar nuestra democracia, acrecentaría el caudillismo. Cuando un diputado puede ser expulsado de su partido y hasta del Congreso por no acatar las órdenes e instrucciones impartidas por su jefe sobre cómo votar, significa que el debate de ideas ha muerto. Es imposible que un grupo humano pensante esté siempre de acuerdo en todo. Además, es indispensable darle al político libertad para que pueda anteponer, mediante el voto, su interpretación del interés de sus electores y de su propia conciencia, a los intereses de su partido. El prohibir votar en contra de las órdenes de los dueños de los partidos significa prohibir diferir y disentir. Por ende, prohibir pensar. De una organización así, las personas con criterio propio, que saben hacerse respetar, se comenzarán a alejar. Es entonces claro el porqué los partidos buscan tener entre sus filas candidatos como los de la canción “No tiene talento pero hecha pa’lante”. Si está en televisión, radio o es modelo, es suficiente. Por todo esto, en democracias más civilizadas, en ciertas ocasiones puntuales es absolutamente común y por supuesto permitido, ver congresistas de un partido votando en contra de la mayoría de sus coidearios.
Dado el Código de Ética vigente en Ecuador, hubiera sido mucho más barato para el país, eficiente y rápido, que solo los dueños de los partidos voten. Así, nos hubiéramos ahorrado pistoletazos, puntapiés, insultos y gases lacrimógenos.
El nivel de políticos que tenemos es producto de este Código de Ética, pero también de la Ley de Elecciones y de la Ley de Partidos Políticos, que han propiciado estructuras políticas feudalistas y han desincentivado la auditoría y la participación ciudadana.
Estas condiciones favorecen la aparición en escena y la predominancia de políticos de bajo nivel intelectual, profesional y hasta humano. Debemos recordar que en el Congreso hemos visto prácticamente de todo: coyotes, asesinos, falsificadores...
Con algunas reformas se podrían cambiar estas condiciones:
–El voto secreto reduciría la dependencia que el político tiene del caudillo y eliminaría además la posibilidad de vender el voto. Difícilmente alguien pagaría por un voto que no es posible de confirmar.
–Eliminando del Código de Ética la posibilidad de sanción por votar en contra de la voluntad del partido y...
–El cambio del sistema de elecciones. Si se votaran no solamente congresistas, sino también consejeros y concejales únicamente por distritos electorales, las estructuras de los partidos se verían obligadas a renovarse y democratizarse, estando los políticos más cerca de los ciudadanos. Habría una identificación directa entre el elector y el elegido. Si a esto le añadimos elecciones de diputados en segunda vuelta, tendríamos como resultado un Congreso menos fraccionado, más gobernable, con políticos nuevos, y de mucho mejor nivel que los actuales. Amén.