lunes 17 de julio del 2006 Columnistas

Stiglitz y el comercio internacional

Invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores en estos días visitó el país el premio Nobel de Economía y docente de la Universidad de Columbia, Joseph Stiglitz, una persona admirable en muchos sentidos y muy especialmente por sus críticas al sistema financiero internacional y el rol del FMI y sus responsabilidades en crisis, como la Argentina.

Conocí hace algunos años al profesor Stiglitz en intercambios con ONG internacionales sobre la necesidad de mayor transparencia de los organismos financieros internacionales. Recuerdo siempre una afirmación suya: es hora de que los economistas respondan a las prioridades de la democracia y no, lo que normalmente acontece, la democracia debe adaptarse a los dictámenes de los economistas.
Impulsor decidido de la rendición de cuentas y de responsabilidades de dichos organismos, ello le valió ser separado del Banco Mundial.

En una línea más reciente de comentarios y análisis, Stiglitz ha criticado los TLC, en la medida que, entre otros, estas aperturas recíprocas se hacen sin un compromiso cierto de los países desarrollados y de Estados Unidos en particular, de desmontar sus sistemas de ayuda y apoyo a los sectores agropecuarios. Esta falta de voluntad evidente de dichos países a comprometerse en recortes a estas ayudas distorsionantes, al tiempo que piden a los países en desarrollo mayores y más profundos recortes en su sistema arancelario, ha llevado a la crisis de la ronda de Doha de la OMC, sin que esté claro si podrá haber una conclusión, antes de fines de año. De hecho, Pascal Lamy, su director general, señaló sin tapujos: “No me iré por las ramas. Estamos en crisis”.

¿Debemos, sin embargo, como resultado del estancamiento de las negociaciones comerciales en la OMC, desistir de negociar un TLC con Estados Unidos, la Unión Europea o Japón? La respuesta a esta sugerencia del profesor Stiglitz requiere tres consideraciones: a) Depende de lo que logremos en esas negociaciones, especialmente para los productos sensibles y en acceso a esos mercados; b) la posibilidad de establecer unos sistemas de apoyo a nuestros productores, hasta que esas distorsiones bajen, y c) ser perseverantes en nuestra participación en las negociaciones de la OMC, de la que somos parte, de exigir que esas ayudas y aportes sean eliminados en plazos previsibles.

Dado que no terminamos la negociación con Estados Unidos, un balance sobre lo primero no es posible todavía. Sin embargo, las otras dos consideraciones pueden y deben ser enfrentadas. En lo que hace a apoyos a la agricultura, un plan creíble de apoyo a la reconversión y transformación productiva agropecuaria y de mejora en las instituciones sectoriales, debidamente financiado, es fundamental. Los elementos han sido ya definidos. En lo segundo, es necesario que Ecuador deje de ver la OMC como algo solo vinculado a los temas de banano o camarones, y estructure una política hacia ese organismo, de la cual actualmente carece. Entre otros, debe considerar una alineación con bloques como el G-20 de países que defienden la eliminación de los subsidios y apoyos a la agricultura en los países desarrollados, unas definiciones sobre productos estratégicos, salvaguardias especiales, administración de contingentes, entre otras. Ecuador debe llevar adelante esa política, al tiempo que negocia el  TLC. Esto es lo que interesa pragmáticamente al país.
 

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