Más que por el factor económico, huyeron de la presión social y el temor a que sus familias se enteren.
La Marcha del Orgullo Gay que conmemoró el primer año de la aprobación de la ley de matrimonios homosexuales en España convocó a miles de personas el fin de semana pasado, entre ellas a cientos de inmigrantes ecuatorianos que celebraron su orientación con toda libertad en las calles madrileñas.
Ahí estaba Lenyn Narváez con la bandera del arco iris en una mano y, en la otra, el estandarte de Ecuador. El joven trabajador del sector de la hostelería, labios carmín y escasa vestimenta, celebró la victoria de la igualdad que en España permite casarse y adoptar a las personas del mismo sexo.
Su homosexualidad causaría aversión y hostilidad en Guayaquil, ciudad que lo vio partir a España ocho años atrás. Planea, en un futuro próximo, contraer matrimonio con su novio, un comandante del ejército del país europeo.
Édgar Palo se acerca a la treintena con el mismo deseo: ejercer un derecho que le ha sido hurtado hasta ahora por su orientación sexual.
Antes de afrontar una relación sentimental más seria que le acerque a pronunciar el “sí quiero” retornará a Ecuador. “Mi madre no sabe que soy gay y necesito contárselo para sentirme más tranquilo”, confesó.
La migración de Lenyn y Édgar no responde a motivaciones económicas. Sí, en cambio, a su orientación sexual y su identidad de género.
Es lo que ocurre con cientos de ecuatorianos gays, lesbianas y transexuales que encuentran refugio en el anonimato de grandes urbes como Madrid. La presión social les abocó a abandonar sus ciudades de origen por razones de discriminación.
En España, la población homosexual, en cálculos de Arco Iris, una empresa especializada en estudios sobre el comportamiento de este colectivo, se acerca a los 2’500.000 personas, en edades comprendidas entre 18 y 65 años. Según la firma, el 1,5% es de Ecuador. Le superan los colombianos (6,10%) y argentinos (7,9%).
Son los ecuatorianos, sin embargo, quienes acuden en mayor número a las oficinas del Colectivo de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales de Madrid (Cogam).
Manuel Ródenas, abogado de la asociación, destaca que estas personas “arriban solas, sin el apoyo familiar y ocultándoles su inclinación sexual para no darles un disgusto”.
Cada historia es única, pero el nexo común lo marca esa “voluntad de empezar una nueva vida”.
Un informe de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) advierte de la existencia en Ecuador de una “homofobia en todas sus estructuras: sociales, familiares, laborales y policiales”.
Ródenas lo ratifica y denuncia la actuación de grupos de “limpieza social” y de “justicia blanca”, cuyo propósito es el de eliminar a estas minorías.
Esta situación fue determinante cuando, en el 2004, España concedió asilo a una pareja de gays ecuatorianos. Ambos, defensores de los derechos de este colectivo, sufrieron detenciones arbitrarias y amenazas de muerte.
Tras la aprobación de la ley de matrimonios homosexuales, doce meses atrás, algunas estimaciones advertían que el estallido nupcial del colectivo empujaría a 100 mil parejas a terminar en el altar en un plazo de dos años.
Lo cierto es que desde la entrada en vigor de la reforma del Código Civil, según datos de la Federación Estatal de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales se han dado 4.500 bodas, tres divorcios y el inicio de trámites para la adopción de hijos por parte de 50 parejas. En los registros no hay casos de ecuatorianos.
2’500.000 GAYS
existen en España, de ellos el 1,5% son ecuatorianos, mientras los colombianos registraron 6,10%, según cálculos de Arco Iris, empresa especializada en estudios sobre estas agrupaciones.