Triste la situación del elector peruano hace pocos días. Debió ser un real dilema haber tenido que escoger entre quien lo llevó a la hiperinflación, la desesperación y el caos (que ahora le juraba haber cambiado) y el que con discursos patrioteros, de última moda en este lado del continente, ofrecía la liberación de las garras del gran del país del Norte, principio y fin de todos los males latinoamericanos, para resumir el libreto.
Perú es un país que en sus últimas elecciones presidenciales ha tenido el protagonismo básico de tres nombres etiquetados como populistas.
Recordemos que el mismo Alan García obtuvo el poder en 1985 ante el retiro, en segunda vuelta, del fallecido líder de izquierda Alfonso Barrantes. En 1990 comenzó la “era Fujimori” al vencer sorpresivamente a Vargas Llosa, siendo reelecto en el año 1995 y nuevamente en el año 2000 en segunda vuelta, ante otro abandono, esta vez de Alejandro Toledo. Luego de la caída de Fujimori y el interinato de Valentín Paniagua en el año 2001 los finalistas fueron Toledo y Alan García, ganando el primero por estrecho margen. Ahora se irá Toledo y regresará García, sin que Fujimori haya podido entrar nuevamente a la fiesta porque le quitaron el boleto en la víspera. Aun con este entorno, salvo escaramuzas, ha existido estabilidad presidencial. Como muestra, veamos que Toledo terminará su periodo, no obstante haber bordeado el 10% de aceptación ciudadana en los últimos años.
Colombia ha tenido un comportamiento electoral más heterogéneo. No obstante haber afrontado problemas de gran magnitud como conflictos civiles o el dominio de la guerrilla y el narcotráfico, es el único país de Latinoamérica que desde 1830 hasta la fecha no ha sufrido interrupción en su democracia. Esto es destacable, porque han existido los pretextos perfectos para justificar dictaduras o quebrantos democráticos. Incluso en los últimos años los ciudadanos colombianos han elegido indistintamente presidentes conservadores y liberales.
Hemos visto que Betancur, Barco, Gaviria, Samper y Pastrana terminaron sus mandatos y entregaron el poder a sus correspondientes sucesores conforme a las reglas de su Constitución. Recientemente Álvaro Uribe ha logrado su reelección en primera vuelta.
Nuestro Norte y Sur han optado por diferentes estilos y tendencias, pero por una misma premisa: respetar sus instituciones presidencialistas, a pesar de sufrir las decepciones de las malas elecciones, los espejismos del populismo, las revueltas y las guerras, mientras en Ecuador hemos creado una especie de “identidad” (hasta vergüenza da decirlo) por no respetar los periodos constitucionales, bastándonos como justificativo la baja popularidad de un mandatario o la agitación social momentánea. Es doloroso saber que más de un ecuatoriano esté hoy genuinamente convencido que “gane quien gane las próximas elecciones, no va a completar su periodo”.
En ocasiones, las buenas acciones de los vecinos motivan a los demás a imitarlos. Ojalá los nuestros nos permitan darnos cuenta que la democracia, con todas sus imperfecciones, es la necesidad de doblegarse, de vez en cuando, a las opiniones de los demás, como decía Churchill, y que las simpatías o antipatías políticas hacia quienes nos gobiernen a futuro nunca deberán estar por encima de nuestra institucionalidad. Repito: nunca.
*Abogado y catedrático universitario