- JUN. 20, 2006 - Foto - Música - EL UNIVERSO
QUITO.- El vocalista de la agrupación Ilegales, Jorge Martínez, durante su presentación en la Casa de la Cultura de Quito el pasado sábado.
El grupo Ilegales hizo una revisión de toda su carrera discográfica que lleva ya 27 años, desde que adoptó el nombre que lo llevó a la fama.
Su presentación superó las expectativas de los fanáticos que llevaron a sus hijos para continuar la tradición, y de los nuevos rockeros.
Cuando Jorge Martínez presentaba Enamorados de Varsovia, tal cual lo tenía registrado en su disco Agotados de esperar el fin (1986), con una avalancha de feedback, una cuerda de su Fender Stratocaster no resistió al guitarreo potente. Fue cuando Martínez pidió permiso al público para sacar su Gibson negra con la que tocó Soy un macarra.
Con la Gibson, Martínez hizo vibrar al público con clásicos como Tiempos nuevos tiempos salvajes. Hasta que su técnico le puso una nueva cuerda a la Fender roja, su idílica caperucita roja, que lo hizo emocionar tanto como para hacer versiones perfectas de temas como Yo soy quien espía los juegos de los niños.
Hubo emoción cuando el grupo español hizo sonar canciones como La chica del club de gol, Quiero ser millonario, Regreso al sexo químicamente puro, Odio los pasodobles o Caramelos podridos, con su salvaje coro “soy un borracho, soy… un… borracho”.
Los temas del último disco de Ilegales, a pesar de la incredulidad de Martínez, fueron coreados a todo pulmón. El demonio, Una oda a un delincuente juvenil andaluz sacó a Martínez de esa visión agorera y le exigió cantar con más emoción.
Al final del concierto, Ilegales interpretó la versión más intrépida de Destruye, la canción que hace veinte años casi deja el estadio Modelo de Guayaquil convertido en un remedo de psiquiátrico. Pero la gente no los dejó marcharse así nomás, a pesar de haber tocado 39 temas, incluyendo El piloto, que no habían interpretado en más de cuatro años, justamente cuando actuaron en la plaza de toros Iñaquito, en el 2002.
Al regreso, Martínez cantó el primer tema de su autoría, Lavadora blues, que lo hizo cuando tenía 17 años y tenía el cabello hasta los hombros, y ningún fanático. Y, ahora que no le queda casi nada de pelo, sus canciones son íconos del rock en español que se corean a toda voz con un mosh violento. Y con un poco de lágrimas.