Es estimulante reconocer que en Ecuador hemos adelantado en la comprensión de que el clero tiene que mantenerse libre de ideologías e intereses partidistas, para proponer, desde una visión global y libre, valores de humanidad, que son pilares del bien común. El cultivo de esos valores ha de comenzar con la campaña electoral: ella debe ser una lección concreta de civismo.
¿Para qué un ciudadano (a) se presenta como candidato (a)? Él o ella responde: “Para servir al país”. Debiera ser evidente que, si no maduran los ciudadanos en reflexión y responsabilidad, se imposibilita, o al menos se dificulta, la vida democrática. Sin estos valores humanos no es posible forjar un país democrático, es decir, libre y responsable. ¡Los caudillos lo saben! Los candidatos tienen la obligación de proponer programas concretos, inteligibles y realistas. El insulto a otros candidatos es señal inconfundible de falta de programas o de capacidad de proponerlos. Los candidatos que ocultan a los ciudadanos que sin su aporte, grande o pequeño, es imposible crear más recursos y repartirlos mejor, buscan solo ganar en las elecciones, pero no el bienestar del pueblo. Admito que esperar que ellos, en general, hablen de obligaciones es ilusión; sin embargo, el clero y todos los que valoran el bien común no pueden dejar morir la ilusión de que una campaña electoral sea también una campaña de educación cívica.
Los ciudadanos de todo país, pero más los ciudadanos económicamente pobres, gustan oír de los candidatos promesas de que, si triunfan, pondrán la luna a sus pies. Si los candidatos llegan al poder con este engaño, pronto serán desengañados por la imposibilidad de gobernar. ¡Los ejemplos sobran! El señalar esta verdad es un servicio político, que también el clero puede y debe dar, para robustecer las instituciones de derecho y para pasar de una sociedad peticionaria a una sociedad participativa.
Hay quienes afirman que no se debiera obligar a los ciudadanos a dar su voto. La afirmación es discutible; pero no es discutible que la indolencia y desinterés para asumir responsabilidades políticas son signo de inmadurez indolente. Muchos de los indolentes son posteriormente los más exigentes. Eso sucede también en el campo religioso: los alejados son los portaestandartes de reclamos.
Frente a políticos partidistas que, por apetitos personales, porque no es redituable, prescinden de la ética, los miembros del clero hemos de afirmar con Juan Pablo II que “una democracia sin valores se convierte en totalitarismo”.
Benedicto XVI recuerda algunos “principios no negociables” por bien de la humanidad. No se pueden negociar: la protección de la vida, el reconocimiento y promoción de la familia, el derecho de los padres a educar a sus hijos, producir más y distribuir mejor, unidad en la diversidad, el aprecio de nuestra identidad que es soporte de la esperanza. Estos principios no son valores confesionales, sino humanos. Promover estos y otros valores es hacer política, pero no de partido.