Seguirán cayendo como gotas de lluvia los indefensos, los que pasaban por allí, los que no tenían nada que ver, los que pusieron resistencia, los que cobraban sus sueldos, los que no tenían nada en los bolsillos, los que estaban mirando, los que tranquilos en sus hogares dormían; en fin, cualquiera.
Un mes de vacaciones pagadas se tomará la justicia; asistirá en Italia al matrimonio del algún pariente, regresará alegre, libre de esas noticias que siempre están martillando en la televisión o en el periódico; volverá descansada y luego de leer el parte que le tienen listos secretarios particulares, acusados de asesinatos serán puestos en libertad, pues no existen pruebas suficientes para encerrarlos. El muerto no es prueba. Y después de un caluroso día de trabajo, la justicia regresará a su mansión en ciudadela exclusiva y tomará una copita de coñac que trajo de su viaje.
Estoy escuchando sirenas, unas tras otras, parece ser una persecución. Perdón por la interrupción, señor Subsecretario de Seguridad Ciudadana, seguramente fue mi febril imaginación provocada por este calor que solo lo percibimos los que vivimos acá abajo en la Costa. ¿Un subsecretario de Seguridad para enterarnos ahora que no va a ser él quien la va a dirigir (la seguridad) sino el mismísimo ministro de Gobierno, y pronto nos enteraremos del nombre del ayudante regional de tan ilustre subsecretario que va a ser el que dirija la seguridad en el Litoral? En otras palabras, para librarse de la delincuencia tendremos solo que esperar la segunda venida de Dios para que se haga verdadera justicia, pues la justicia siempre en este país tarda, y mucho.
Manuel Torres
Guayaquil