martes 30 de mayo del 2006 Columnistas

Recordando a Le Carré

Me apresuro a señalar que John Le Carré no ha muerto, sino que el título de este artículo se relaciona con la última novela de Javier Vásconez, El retorno de las moscas, editada por Alfaguara  el 2005, menos porque sea un “pastiche” de algún texto de ese autor y más por constituir un homenaje a un escritor ya célebre y con más de diez novelas a su haber.

Algunos escritores reconocidos se han iniciado o han optado en algún momento por el suspenso policial o lo que podría denominar la investigación libre de hechos que antes era del casi exclusivo uso de los autores policiacos en la línea de la “serie negra” norteamericana, por ejemplo Antonio Muñoz con Beltenebros y Un invierno en Lisboa, particularmente, y Javier Marías con Mañana en la batalla piensa en mí, para solo citar autores en nuestro idioma.

John Le Carré, con sus novelas de espionaje, se inscribe en esta línea literaria que tiene indudable atractivo para un amplio número de lectores y, como puede verse, también para autores diversos a los que la puntualidad del tema, la inexorable lógica de un desarrollo y una imaginación vital, aunque sorprendente y nerviosa, son singulares retos.

La revelación de la verdad está en el principio y en el fin de este tipo de novela, pero si en el caso de un crimen el hecho puede objetivarse en extremo, no así, siempre, el carácter y sentido de los personajes que es, en definitiva, lo que parece separar a unos escritores de otros. Con  El retorno de las moscas, Vásconez  rinde homenaje de reconocimiento a un autor al que él, como lector, admira. Se entiende esa admiración. El autor de Un espía que llegó del frío y de tantas inolvidables historias es un escritor que posee no solo instinto agudo para seleccionar sus temas, sino que con talento y a veces envidiable precisión crea personajes de una plena condición humana en que bien y mal son facetas de un mismo y doloroso rostro.

Vásconez construye su novela utilizando tres referentes centrales de los textos de Le Carré: uno es el personaje singular que es George Smiley, figura central en al menos tres o cuatro de sus obras. Otro es la presencia invisible pero terrible de su gran adversario, Karla, el ruso; el tercero es naturalmente la condición de espía de Smiley. Ha añadido uno propio: convertir a Le Carré en el jefe de los espías ingleses, divertido y verosímil en la medida en que, como se sabe, Le Carré fue espía antes de convertirse en novelista.

El Smiley de Vásconez rinde tributo al Smiley de Le Carré en un doble sentido: no lo parodia sino que lo recrea, y esa recreación tiene la virtud de regresarlo a su mundo novelesco con casi sus mismos atributos anteriores: suspicaz, agudo y no solo inteligente, observador, concienzudo, con un alto sentido de sí propio que es lo que mantiene su condición de ser. Por otra parte, muestra su visión de la vida que no es ni optimista ni decepcionada: a lo sumo es escéptica, escepticismo de un mundo y de los seres que lo habitan.

Esta recreación del personaje es un punto alto en esta novela y una de las razones que impulsa a leerla de un solo tirón, en que lo que el autor llama una “ciudad andina” es más que un telón escenográfico: sucesivas imágenes de un Quito de décadas anteriores en que la vida respiraba otro aire y que es una especie de semidormida atmósfera para esta historia-homenaje.

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