La carencia de cédula de identidad, consecuencia de la falta de inscripción en el Registro Civil, es una de las heridas por las que Ecuador se está desangrando. ¿Suman los no inscritos un millón? Estas personas se suman a los millones de emigrados.
Se habla más de las remesas que de los emigrados, de sus familias rotas, de sus niños carentes del acompañamiento insustituible de sus padres. Tarde o temprano dejaremos de estar obnubilados por las remesas transitorias, que nivelan la macroeconomía y miraremos la salida de los emigrados como una herida.
Los actuales candidatos a gobernarnos desde los tres poderes del Estado debieran preguntarse las causas de la estampida de ecuatorianos al exterior.
¿Salen solo para lograr un mejor nivel económico? ¿En la salida de personas y en la fuga de capitales hay o no una dosis de desamor al país?
¿No es aventurado afirmar que, si los ecuatorianos consideráramos a nuestro país como un hogar y no como una “vaca lechera”, no habría tanta fuga de capitales y de personas, porque esa fuerza creadora, que está rejuveneciendo a otros países, daría más vitalidad al propio hogar. No estamos acaso cosechando los frutos de una escuela que ha suprimido los valores humanos y la fuente de estos valores?
De otra herida ni se habla siquiera: de los que carecen de cédula de identidad, que forman de generación en generación una cadena de esclavos. Los padres que no tienen cédula de identidad no pueden inscribir a sus hijos con su nombre en el Registro Civil; ¡civilmente no existen!
Como civilmente no existen, se puede explotar no solo su trabajo sino su misma persona. Especialmente en los campos y en los suburbios, abundan los ecuatorianos no reconocidos como ciudadanos ecuatorianos; estos no pueden reclamar, pues no tienen nombre ni apellido. Si alguna vez se los mata, civilmente no se ha matado a nadie. El Registro Civil es una de las instituciones más importantes de un país; por eso los ecuatorianos que lo integran deben ser escogidos entre personas cultas que ayuden a los ciudadanos a respetar la identidad del país, sugiriendo nombres que reflejen nuestra historia y nuestra cultura o, al menos, anotando con elemental corrección los nombres extranjeros. Hay muchos ecuatorianos, cuyos nombres hacen reír en su país de origen.
La experiencia en tres intentos, en que la Conferencia Episcopal Ecuatoriana obtuvo de diferentes gobiernos facilidades para inscripciones tardías, me permite afirmar que se requiere una política global de Estado, para cerrar esta herida. Los mandos inferiores y algunos mandos medios del Registro Civil hacen causa común con los que explotan a los no inscritos. Numerosas personas del Registro Civil ponen dificultades: cobran sumas no establecidas, se niegan a inscribir fuera de horario, se ausentan de la oficina en días en que los campesinos acuden al centro poblado, etcétera. A esta dificultad se añade la inconsciencia de los no inscritos. Se los ha reducido a tal subdesarrollo humano que se niegan al esfuerzo necesario para acudir a inscribirse.