Domingo 14 de mayo del 2006 Migración

Duras historias de viaje relatan niños migrantes

ZHUD, Cañar | Sandra Ochoa, redactora

Al intentar  llegar  a EE.UU. sin papeles, los niños sufren traumas y pese a negarse, parientes les repiten el  viaje.

María Mercedes ya no es la misma de antes. La niña que no paraba de hablar, inquieta, juguetona y curiosa, refleja ahora una mirada triste y apagada que evoca la pesadilla vivida durante  el viaje que  emprendió a Estados Unidos con la ilusión de  encontrarse con sus padres, el cual se frustró tras ser detenida y deportada hace un mes desde México.

La pasividad de María Mercedes preocupa  a  Marlene Peralta, su profesora de la escuela Fernando Andrade de la comunidad El Jardín en Cañar, donde la menor cursa el quinto año de educación básica.

Mientras se cubre  el rostro con las manos, María Mercedes dice que  es la misma, pero la experiencia que vivió con su primo Luis Eudofilio, de  15 años, transformó su vida desde mediados de febrero pasado cuando dejó a su abuela para emprender la  aventura por mar hasta Guatemala, luego por tierra hasta México y finalmente a Estados Unidos.

La menor, que nunca salía de casa sin sus abuelos desde hace cinco años cuando sus padres la dejaron para emigrar al país norteamericano, de repente fue puesta en manos de un coyote que la llevó a un hotel en Manta, por una semana, en donde le llamó la  atención que hubiera tantas camas. “En mi casa solo hay una cama, la de mis abuelos”, cuenta.

También le sorprendió el mar, aunque en la noche, cuando fue trasladada con otros viajeros al barco, no pensó que fuera tan grande, como lo vio durante los diez días que navegaron hasta Guatemala.

Cubierta la cabeza con un traje multicolor, María Mercedes dice que la incomodidad del barco no le preocupó y se sintió protegida por las personas adultas que viajaban con ella. Tampoco le molestó la falta de agua para beber o bañarse, ni la falta de un  baño, porque  en su casa, ubicada en el sector Pillón, donde no existen carreteras no cuentan ni siquiera con letrinas.

Recuerda que al llegar a Guatemala la llevaron a una casa sin muebles, en donde todos dormían en el piso y solo esperaban que sus familiares llamaran a los celulares de los coyotes para confirmar el primer pago y luego continuar el trayecto.

Tras cuatro días la niña, su primo y  otros diez migrantes salieron de  ese lugar. “Los grandes aprendieron a cantar el himno de México y algunas palabras que no se debían olvidar, pero a mí nadie me dijo que mienta”, confiesa con inocencia.

En México permanecieron dos días en un rancho, luego viajaron en camiones y maleteros de bus, hasta que la policía los detuvo. “Pusieron a los grandes con las manos contra el carro, nos llevaron a una cárcel, me preguntaron dónde están papá y mamá, yo les dije la verdad”, recuerda.

En esa cárcel permaneció tres días, luego en otra por el mismo tiempo y finalmente fue recluida con los adultos, por un mes en otra prisión hasta el  12 de abril pasado cuando la deportaron con otros diez menores, incluido su primo.

La pequeña dice que no quiere repetir ese viaje. “Mi abuelita tampoco quiere que haga otro viaje, pero el coyote insiste  en que me llevará hasta que llegue a los EE.UU.”, afirma tras traducir lo que su abuela María Luzinda le dijo en quichua.

Sin dejar de hilar la lana de oveja, la mujer indígena llorando trata de explicar que su nieta ya sufrió demasiado y lamenta que  esté obligada  a cumplir con el deseo de los padres.

En el último sitio donde María Mercedes estuvo detenida conoció a Darwin Patricio, quien cumplió  10 años el pasado  15 de marzo cuando estaba en plena travesía.

El menor es oriundo de Delegsol, perteneciente al cantón azuayo Gualaceo, y dice que tampoco quiere repetir esa experiencia.

Con actitud indiferente, mientras juega con un celular el niño explica que nunca quiso dejar a su tía Blanca, con quien vive  hace cuatro años cuando sus padres emigraron, pero el viaje ya fue planificado por sus progenitores y partió con una prima, de  17 años.

El viaje por mar le afectó y cayó enfermó por cuatro días. El movimiento del barco lo mareó y lo poco que podía comer vomitaba, pese a que los tripulantes le daban pastillas.

Los coyotes le ofrecieron “un viaje especial” y lo separaron de su prima  al arribar a Guatemala. “Me dijeron que yo iría solo en buses y que no iba  a caminar, pero no fue así”, cuenta con el rostro oculto entre sus rodillas.

El mismo día que fue separado de su prima, quien llegó a EE.UU. hace dos semanas, los coyotes lo colocaron con otros migrantes en un camión de doble fondo. “Parecía una caja”, dice  el niño, a quien le advirtieron que si gritaba lo dejarían en el camino.

Esto lo asustó y se abstuvo hasta de moverse, pero el calor no impidió que otros compañeros de viaje, mayores de edad, exigieran al conductor del vehículo detener la marcha y quedarse  en el camino. En una de  esas paradas la policía de migración los detuvo y fueron a la cárcel.

María Mercedes, Darwin y otros casos similares sufren  secuelas psicológicas y su situación es de desolación absoluta, pero aquello no importa a sus padres, quienes  se preocupan más en recuperar el dinero entregado a los coyotes, dice  el psicoterapeuta de Movilidad Humana de la Pastoral Social de Cuenca, Fernando Villavicencio.

“Primero pierden a sus padres cuando se van y no logran entender por qué; luego intentan reunirse con ellos y se despiden de familia, amigos, escuela, pero cuando son deportados se dan cuenta de que perdieron también esa oportunidad”, explica.

La frustración se convierte en resentimiento contra los adultos, porque son quienes tienen poder para determinar su destino, además son quienes idealizan el reencuentro.

Tampoco el sistema de  educación está preparado para enfrentar la superación del problema de cada niño, recalca el especialista, para quien el Estado ecuatoriano ni siquiera cuenta con procedimientos y sitios adecuados para cuidarlos cuando retornan al país.

En lo que va del año más de sesenta niños, la mayoría del Austro, llegaron deportados desde Centroamérica, en particular de México.

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