martes 09 de mayo del 2006 Columnistas

Confesiones

Casi a empujones entré al mundo del periodismo; mundo del que me despido y que me recibió con pocas advertencias y buenos deseos. Poco a poco fui escribiendo, fui pensando en voz alta, fui opinando; en otras palabras, fui presentándome. Presentándome a una gente que no me conocía y reafirmándome frente a los que ya me conocen. A unos gusté, a otros enfurecí. No lo lamento por algunos, pues estoy segura de que no se ven la cara frente al espejo o al nacer se les quedó el alma chata. Misericordia en todo caso.

Para quienes lo disfrutaron, les confesaré quiénes son los verdaderos responsables.

Si usted escribió dándome las gracias por algo que cree que yo hice y le alivió su necesidad, no me agradezca a mí; agradézcaselo a mis maestros, en especial a Edmundo Durán Díaz, quien ya no está con nosotros pero con su ejemplo me enseñó que la justicia no es solo dar a cada uno lo que le corresponde sino darle a cada uno lo que necesita.

Si usted me vio en una entrevista política, mis preferidas, y pensó que lo hice bien, que fui ordenada y firme, y que usted aprendió algo de ese entrevistado que no sabía, no me lo agradezca; dele las gracias a Carlos Jijón, quien creyó en mí, a Xavier Alvarado y a Fidel Egas. Pues fueron ellos quienes permitieron que el cuestionamiento sea público.

Si usted recortó un artículo de este espacio porque le gustó, o porque se sintió identificado, agradézcales a Carlos y a César Pérez Barriga, y a Emilio Palacio, que consintieron que estampe mis opiniones en el papel que usted tiene en sus manos todas las mañanas.

O en el caso que usted se regocijó al leer cuando escribí sobre la dignidad humana, la amistad, el valor de la confianza, le confieso que lo aprendí de mis amigas y de mis amigos. O si un día se sorprendió porque al leerme creyó acertadamente que sucumbo ante la sencillez del amor, eso permítame contarle que lo aprendo día a día en la cálida circunferencia de mi hogar.

O si usted no comprende por qué dejo este paréntesis periodístico, no se esfuerce en entenderlo, pues tomar rutas distintas no implica abandonar mi esencia, la de decir la verdad y trabajar honradamente, y los únicos responsables de que yo sea así son mis padres, quienes formaron este espíritu que aprendió que no se vive por vivir sino que se vive para honrar la vida.

Como ve, amiga o amigo lector, no soy más que el resultado de una gente buena que me educa y de la que aprendo, y a la que públicamente doy las gracias como se las doy a usted por haberme acompañado; y antes de que acabe este espacio deseo pedirle tres cosas: No pierda la esperanza en nuestro futuro, pues sería darle gusto a quienes tienen secuestrado este país; luche por decir su verdad; y no olvide que en cada paso que damos somos libres para elegir si con ello aumentamos o disminuimos la pobreza de nuestros semejantes. Hasta pronto.

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