Ayer se celebró el Día Internacional del Trabajo y entre otros, se recuerda el incendio provocado en una fábrica estadounidense de manos de los represores de las legítimas pretensiones de los huelguistas. Y de esos hechos la Historia tiene algunos, es decir de cómo quien siente que su bolsillo se perjudicaría al permitir el beneficio de otros, se alza indignado a cortar cabezas e incluso a matar.
Esa ha sido la guerra constante, vestida de ideología, entre quienes tienen más y quienes quieren dejar de ser desposeídos.
Hoy socialmente hablando, el primero de mayo ha pasado a ser un día obligatorio de descanso, y nada más.
E individualmente hablando, ¿cómo concebimos el trabajo que hacemos? ¿A más de tener el legítimo deseo de ganar dinero para cubrir nuestras necesidades, qué nos induce a elegir o desempeñar una tarea?
Algunas personas, desgraciadamente no la mayoría, tienen opciones, la vida las ubica frente a un abanico de posibilidades para elegir un camino; no siempre resulta fácil abandonar una ruta para elegir otra. Pero hay “algo” difícil de denominar que nos convoca a elegir y mantenernos.
Pero salgámonos del infinito mundo subjetivo que habita en cada uno de nosotros, y propongámonos la siguiente reflexión: ¿qué estamos haciendo para que nuestro trabajo beneficie a los que menos tienen sin tener que recurrir a las violentas reivindicaciones laborales? No se me mal entienda y se me interprete que solo trabajando en beneficencia podríamos sembrar un futuro mejor. Aquí la razón de la reflexión.
¿Cuántas empresas importantes de este país cuentan con un departamento de recursos humanos eficiente, en el que se diseñen programas y planes para que el trabajador se sienta, en primer lugar, persona digna a la cual se la oye, de la cual se conocen sus necesidades y aspiraciones? Son muy pocas. ¿Cuántos gerentes o jefes se dan tiempo de escuchar los obstáculos de sus empleados para ejecutar su labor? ¿Cuánto se invierte en diseñar métodos de solución pacífica de conflictos entre los empleados de una empresa? O un ama de casa, ¿sabe cómo se llaman los hijos de sus asistentes domésticas?, ¿conoce su casa?
En otras palabras, ¿cuánto se invierte en hacer del trabajo una de las tantas expresiones nobles de la humanidad?
Nadie pretende la utopía de suponer que no hay gente ociosa, ineficiente y sin ganas de trabajar honradamente, pero sobre ello no tenemos control ni poder; y lamentablemente es sobre esa idea en la que a veces justificamos nuestra inercia. Nos perdonamos cobardemente el no hacer el esfuerzo de poner buen ejemplo, de trabajar honradamente y de hacer las tareas con compromiso.
No pidamos, entonces, que no se multiplique la indiferencia frente al compromiso social responsable que genera cada labor.
Pues, en cada gesto, en cada esfuerzo de superarnos, de aprender y ser mejores seres humanos, elevamos la posibilidad de una producción nacional sostenible; y, por otro lado, disminuimos el riesgo de que se incendien las esperanzas de pertenecer a una fuerza laboral humana que nos dé el futuro que tanto merecemos.