Semanas atrás fue publicado en este Diario un reportaje sobre los vacíos que se encuentran en los mercados donde se efectúan ventas de solo cierto tipo de productos u artículos.
Esta medida, contraria a lo que es un real mercado –cuyo establecimiento y fin es el de vender, trocar, permutar artículos de primera necesidad y productos de todo género– ha ocasionado lo que finalmente refleja el reportaje: un semiabandono y los comerciantes que valiente y obstinadamente aún permanecen, declaraban que los compradores no acuden, que no hay ventas, por lo tanto las utilidades son irrisorias.
En los mercados de todos los países del mundo se comercializa de todo y para todos; entran y salen, según el número de habitantes de cada ciudad, entre cientos y miles de personas al día, por la necesidad de adquirir los productos de primera necesidad. Esas visitas impostergables al mercado, ocasiona que sean admirados, apreciados y motive a adquirir, artesanías, animales, medicamentos, etcétera. Es decir, el comprador se crea inconscientemente una necesidad y compra. Pero si existe un mercado artesanal y otro de enseres, solo son visitados cuando existe la necesidad de adquirir lo específico; luego de la compra se regresaría, en uno, dos, diez años o nunca más.
Eso es un ejemplo del ausentismo de esos mercados particularizados.
Se debe retornar al fundamento primigenio del mercado, terminando con la anarquía y el desaseo, organizados adecuadamente para que fluya el comercio alegre, dinámico, beneficiando inclusive a los moradores de las calles adyacentes, abriendo nuevos horizontes comerciales. Esa es la labor libertaria de suma utilidad pública hacia el desarrollo del trabajo.
César Antonio Jijón Sánchez
Guayaquil