En la comunicación hay una diferencia enorme entre el error y la manipulación. No obstante, muchos dicen que es complicado discernir entre lo uno y lo otro, porque se entra en el terreno pantanoso de tener que reconocer las buenas o malas intenciones.
Al reconocido articulista Simón Espinosa cuando se le pregunta sobre cuál sería el legado que le gustaría dejar a las nuevas generaciones de periodistas, dice con toda humildad: “Aprender a rectificar y hacerlo bien, admitiendo que uno se ha equivocado con toda claridad y pidiendo disculpas”. Y añade, “es algo que desgraciadamente aprendí muy tarde, pero es demasiado importante. Y contrariamente a lo que se piensa, eso le da más prestigio y mayor credibilidad al periodista”.
Desgraciadamente, el temor a rectificar gana porque grande es el miedo a admitir potenciales errores. Sin embargo, como dice Javier Darío Restrepo: “Los periódicos y periodistas más conocedores del oficio saben que las verdades de la prensa son verdades provisionales, esto es, hallazgos incompletos que deben perfeccionarse, aclararse, corregirse o rectificarse a lo largo de varias publicaciones… La historia diaria tiene la misma dinámica cambiante de las aguas de un río, siempre distintas, y esa realidad cambiante, es la que el periodismo refleja”.
Cuando se habla de manipulación, no existe la posibilidad de admitir errores. Es más, no hay errores sino una construcción de “verdades” a través del torcimiento de los hechos.
Por allí está la gran distancia que media entre espectáculo y periodismo. El fundamento del primero es la construcción de situaciones de ilusión y encantamiento para que un público se entretenga. Para comprenderlo más claramente habría que haber visto el capítulo final de ‘Playa de titanes’, el programa playero que sirvió para la exhibición de Dayana Paissailaigue en RTS bajo el pretexto de la práctica deportiva. En este episodio se comprobaba con claridad que las competencias en su mayoría eran montajes cuyas tomas se repetían hasta que salieran muy “televisivas”. Solo hay que estar advertido: ‘Playa de titanes’ se trata de un show, donde más importante es que se vea bien y no tanto que sea real.
Pero lo inadmisible es cuando un programa que se llama de investigación utiliza una vieja broma de internet para tratar de generar impacto y ganar ratings, como sucedió con el comentado caso de los “bonsái kitten” que presentó ‘El cuarto poder’, de Gamavisión.
O cuando Freddy Ehlers simula que está entrevistando a Jefferson Pérez en vivo durante su programa y no aclara nada cuando una grosera falla en la edición del video lo revela todo. Y es lo mismo que pasa con todas las falsas microondas que elaboran la mayor parte de noticiarios.
No estamos ante errores nada más, sino ante las consecuencias del espectáculo imponiendo su lógica al periodismo, y en esto no intervienen las buenas o malas intenciones.