lunes 17 de abril del 2006 Columnistas

El Evangelio de Judas

Compré hace años un libro voluminoso,  elegantemente impreso, Los Apócrifos. Pues bien, ese libro recoge 30 escritos apócrifos neotestamentarios y 10 Apocalipsis. Cito algunos: Los Evangelios de Tasiano, Santiago, Ammonio, Santo Tomás, Nicodemo, Pedro, Bartolomé, Felipe, los Egipcios. Dos cartas: las que Poncio Pilato habría enviado al emperador romano Tiberio sobre Nuestro Señor Jesucristo; y la respuesta de Tiberio a Pilato.

Ayer como hoy se escribieron novelas para satisfacer la comprensible curiosidad humana. De entre esta maraña de escritos, la comunidad cristiana de los primeros tiempos señaló los escritos que los cristianos llamamos inspirados;  con ellos formó lo que llamamos “canon”, es decir los escritos normativos para la fe cristiana, los cuales constituyen la Sagrada Escritura.

Jesús no mandó a escribir, sino a predicar. Las comunidades cristianas  primitivas se transmitían lo que habían visto u oído. Pocos años después se pusieron por escrito las diversas tradiciones de la predicación de los apóstoles.

Israel vivió la experiencia de que existe una palabra escrita, que tiene su origen en Dios (Neh. 8,1-12). La primera comunidad cristiana acepta como válidos esos escritos llamados Antiguo Testamento. (Hechos 1, 16) y los recibe como Palabra de Dios (Gal. 3,8).

Por la necesidad de proteger las enseñanzas de Jesús a través de sus apóstoles los primeros cristianos distinguieron los escritos que han de ser considerados como Palabra de Dios, necesarios para la salvación, de los otros escritos para satisfacer la curiosidad, o para confundir a los cristianos. Los criterios para acoger un escrito como norma, o sea como necesarios para la salvación,  fueron: 1º la apostolicidad, o sea, la procedencia de los apóstoles o de sus discípulos; 2º el uso litúrgico que señala la importancia existencial; 3º la recepción de la comunidad cristiana, o sea, la conformidad con la confesión de fe del cristianismo primitivo.

No fue tarea fácil; en ella se empeñaron el Concilio de Laodicea en el siglo IV, el Concilio de Florencia en el siglo XIV y el Concilio de Trento a principios del siglo XVI.

Los libros cuya pertenencia al canon nunca se ha discutido se llaman libros protocanónicos; los libros cuya pertenencia al canon fue puesta en tela juicio durante algún tiempo o en determinadas regiones se llaman deuterocanónicos.

Los católicos tenemos como inspirados por Dios a 72 libros. Algunos cristianos no católicos cuentan 69 libros en la Biblia. La Iglesia primitiva, como Iglesia de los testigos de la enseñanza y de la muerte y resurrección de Cristo, tiene, como dice el teólogo Karl Rahner, un valor de norma para todas las generaciones venideras. Su fe se transmite históricamente en la Sagrada Escritura; con lo cual esta pasa a ser la objetivación normativa de la fe cristiana.

En este contexto el hallazgo de uno de tantos escritos desechados por los primeros cristianos tiene una importancia para la curiosidad, pero no hace mella alguna a la fe.
Tengamos en cuenta que el traductor de los fragmentos encontrados del “evangelio de Judas” es un sacerdote católico experto en lenguas antiguas.

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