Domingo 16 de abril del 2006 La caja

El periodismo no encuentra la interpretación perdida

Lejos de ayudar a que como televidentes podamos entender cómo, cuándo, por qué y de qué forma actúa la delincuencia, el periodismo televisivo se ha concentrado en la polémica Alcalde-Fiscalía, como si eso fuera lo crucial. Incluso en Teleamazonas, cuyos noticieros no tenían crónica roja, ahora cuentan delincuentes y muertos. No solo es Guayaquil; en Quito, la Policía proporcionó unas imágenes de una pandilla que actuaba en la Av. Diez de agosto. Todos los canales las pasaron repetidamente.

“Para qué sirve el periodismo” es una pregunta dirigida al corazón del oficio. El francés Ignacio Ramonet da un puñetazo sobre la mesa y dice: “Los periodistas están en vías de extinción. El sistema ya no quiere más periodistas. En este momento puede funcionar sin ellos o, digamos, con periodistas reducidos a meros obreros de una cadena de montaje, como Charlot en Tiempos Modernos”.  

Para tal sentencia de muerte argumenta que hasta ayer el periodismo sirvió para que el público pudiera interpretar y comprender los hechos y procesos del mundo. Una función esencial, preciosa y vital. El director de Le Monde Diplomatique plantea que esa labor ya no existe. Ha sido reemplazada por otra más llamativa y espectacular: ilusionar a la gente con la idea de que son testigos de los hechos. Y los testigos no necesitan a alguien que les ayude a entender. Lo han visto y con eso alcanza. “Ver es comprender” reemplaza al fundamental “comprender es pensar”.

La TV lo ha cambiado todo y no tenemos que ir a Bagdad o a Somalia para demostrarlo. El mejor ejemplo está en el tratamiento que se ha dado en las pantallas a la ola de violencia delincuencial en Guayaquil.

Se han mostrado muertos hasta la saciedad, se ha visto a las ciudadelas bloqueadas, cerradas y acordonadas, se ha escuchado a la gente asustada e indignada, hemos sido testigos de los delincuentes en acción. Todos los medios han seguido el guión. Incluso Teleamazonas, canal que no suele tener crónica roja, se subió al último vagón del mismo tren. Muy diferente a TC, que por lo menos ha sido fiel a su recorrido de siempre, solo que ahora dedica casi la mitad de los noticieros a mostrar sangre.

Pero en especial, los canales de televisión han transmitido una puesta en escena que se repite cíclicamente: cuando el problema rebrota, los poderes económicos y políticos de la ciudad imponen su discurso. Las cámaras y micrófonos solo siguen diligentes la nueva dirección.

A las imágenes de los muertos y heridos en las calles, desde mediados de la semana anterior se pasó a las imágenes del Alcalde Jaime Nebot emplazando al Gobierno central, a la Fiscalía y al Poder Judicial a actuar para detener la ola delincuencial. En estos días, la imagen en todos y cada uno de los noticieros fue la del Alcalde entregando a la Fiscal de la Nación Cecilia Armas la famosa lista de los funcionarios de esa dependencia acusados de liberar y por lo tanto de ser cómplices de peligrosos delincuentes.

A partir de ese momento, el guión mediático dio un giro. Los reporteros ya no buscaron los actos de inseguridad en las calles, encontraron fiscales y promesas burocráticas. Cayeron incluso sobre quienes no estaban en la lista del estigma como el Fiscal General de Guayas, Walter Tomsich. Jorge Rodríguez y Luis Antonio Ruiz de Teleamazonas iniciaron una verdadera cacería de brujas bajo el argumento de un supuesto “círculo oscuro” en la Fiscalía, del cual nadie en la TV, ni en la política, habían hablado antes.

Es muy probable que Tomsich no haya cumplido su papel. Hasta puede ser que exista un “círculo oscuro” en la Fiscalía del Guayas, pero el asunto es que los reporteros no han aportado una sola prueba o siquiera un indicio certero, aparte de algunas declaraciones y tomas de archivo.

En una noción clásica del periodismo estadounidense se habla de que el periodismo es un perro guardián… de los ciudadanos sobre el poder. En las actuales circunstancias, hay un periodismo que hace de perro guardián… del poder.

Por eso, no se ha reflexionado y menos se han pedido cuentas o se ha cuestionado qué sucedió con las promesas incumplidas de más seguridad. Hace algunos años se clamaba para que las Fuerzas Armadas salgan a patrullar a las calles. El año pasado se vendió la idea de que la solución a la inseguridad era contratar guardias privados para que hagan el patrullaje urbano. Esas “soluciones” –que básicamente consisten en poner más armas y más hombres armados en las calles– no han funcionado, pero no se lo dice. Ni siquiera ha merecido condena periodística el pronunciamiento del Gobernador de la provincia culpabilizando a la gente por no salir a exterminar delincuentes.

Todos hemos sido convertidos en actores o testigos de la inseguridad, pero el periodismo no ha aportado con alguna interpretación que permita comprender las características y dimensiones de la delincuencia en el país. Menos aún ha podido aportar con visiones que ayuden a que la comunidad afronte estructuralmente el grave problema de su seguridad.

 

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