El flujo de inmigrantes ilegales a la frontera con Arizona ha aumentado, alentado en parte por la perspectiva de un programa estadounidense de trabajadores temporales y en parte por el temor a un endurecimiento en las medidas de seguridad fronteriza que haría el viaje aún más peligroso.
Los arrestos efectuados por la Patrulla Fronteriza en la región sur-centro de Arizona, la zona más usada para el contrabando de inmigrantes a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, han aumentado más del 26%.
Desde el 1 de octubre, agentes de la Patrulla Fronteriza de las estaciones de Tucson y Nogales han detenido a 105.803 inmigrantes, en comparación con 78.024 el mismo período el año pasado, indicaron las autoridades. Los arrestos a lo largo doe toda la frontera entre los dos países han aumentado un 9% en ese mismo período.
Los parientes en Estados Unidos de muchos indocumentados están alentándolos a emigrar, pues esperan que se apruebe un proyecto de ley que permitiría la creación de un programa de trabajadores temporales y la legalización de algunos de los aproximadamente 11 millones de inmigrantes ilegales que se encuentran en el país.
Francisco Ramírez, un obrero fabril de 30 años, y su esposa, Edith Mondragón, de 29, arribaron aquí a la pequeña aldea fronteriza de Sasabe _un pueblo de una sola calle en la frontera con Arizona y que es un imán para los que intentan cruzarla_, con el sueño de llegar a Minnesota, donde dos de los hermanos de Ramírez trabajan en una hacienda ordeñando vacas.
Mis hermanos dijeron que allá hay mucho trabajo y que al parecer van a empezar a dar permisos (laborales), dijo Ramírez.
María Valencia, portavoz de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza _agencia que se encarga de la Patrulla Fronteriza_, atribuye en parte el incremento de las detenciones en la zona al aumento en las medidas de seguridad.
Valencia dijo que hay 2.375 agentes en el sector Tucson de la Patrulla Fronteriza, que por sí solo cubre una franja de 420 kilómetros de los 560 de la frontera de Arizona.
Hemos enviado más tecnología y agentes allá y creo que eso ha tenido un impacto, señaló.
Pero Francisco Loureiro, que desde hace 24 años administra un albergue para inmigrantes en la vecina localidad de Nogales, dijo que ha notado un fuerte incremento en el número de inmigrantes que se dirigen a la frontera.
En marzo, un promedio de 2.000 indocumentados se hospedó en el albergue de Loureiro, la mayor parte después de haber sido deportados desde Estados Unidos. Eso representa 500 personas más, o un tercio más, en comparación con marzo pasado, señaló.
Loureiro dijo que en 1986 vio un repunte similar en la inmigración ilegal, cuando Estados Unidos aprobó una legislación que permitió que 2,6 millones de indocumentados obtuvieran la ciudadanía estadounidense.
Cada vez que en el norte se habla de legalizar a los migrantes la gente se emociona, pero no saben lo difícil que es cruzar, dijo.
Ramírez, que ganaba unos 80 dólares diarios haciendo barras de metal para la construcción, y Mondragón caminaron toda una noche a través del desierto pero fueron abandonados por la persona que los guiaba, después de que ella sufrió calambres en las piernas y no pudo seguir caminando. La pareja se entregó a las autoridades estadounidenses y fue deportada a Nogales.
Ramírez y Mondragón, que dejaron a un hijo de 4 años y a una hija de un año con sus parientes en el estado de Michoacán, en la región central de México, dijeron que descansarían un par de días antes de intentar cruzar el desierto de nuevo.
Queremos probar suerte allá (en Estados Unidos). A Michoacán no podemos regresar porque allá no hay porvenir, afirmó Mondragón.
Aunque el Congreso estadounidense está profundamente dividido en torno a la reforma migratoria, la mayoría de los legisladores parece estar de acuerdo en la necesidad de reforzar la seguridad en la frontera, una idea que también ha impulsado a muchos inmigrantes a intentar llegar a Estados Unidos antes de que el cruce se vuelva aún más peligroso.
Desde que Estados Unidos reforzó la seguridad fronteriza en los principales puntos de cruce en Texas y California en la década de 1990, cientos de miles de inmigrantes ilegales se vieron obligados a recurrir al desierto de Arizona, cubierto de mezquite y difícil de patrullar, arriesgándose a ser asaltados, violados y asesinados, y ahora con la posibilidad de encontrarse con civiles estadounidenses armados.
A Sasabe, que sólo cuenta con algunas decenas de casas y una oficina de Western Union, llegan aproximadamente unas 2.000 personas al día, según el Grupo Beta, un organismo patrocinado por el gobierno mexicano que intenta desalentar a los inmigrantes de intentar cruzar la frontera y ayuda a los que se quedan varados en el desierto.
En una tarde reciente, al menos 40 camionetas llenas totalmente de inmigrantes llegaron en menos de una hora al desierto cerca de Sasabe. Entonces los indocumentados y los que los contrabandeaban esperaron a que cayera la noche, antes de embarcarse en un recorrido que requeriría casi una semana de camino bajo un calor intenso durante el día y un fuerte descenso en la temperatura por la noche.
El agente Miguel Martínez del Grupo Beta opera un retén carretero a unos 30 kilómetros al sur de Sasabe, donde le advierte a los inmigrantes de los peligros de cruzar a través del desierto y de la presencia de grupos de voluntarios que vigilan la zona.
Ahorita andan los cazamigrantes y andan armados, así es que deben de tener cuidado, dijo Martínez a un grupo de inmigrantes que viajaba en una desvencijada camioneta a la que le faltaban algunos cristales en las ventanas.
Con frecuencia, el recorrido de los inmigrantes es interrumpido violentamente por bandidos fronterizos armados con puñales o pistolas y vestidos de negro, los cuales les ordenan a sus víctimas que se desnuden, les roban el poco dinero que portan y en ocasiones violan a las mujeres.
Hay más asaltos en la frontera, en la que los contrabandistas apuntan un arma al rostro de alguien, le quitan su dinero y corren de regreso a México, dijo el reverendo Robin Hoover, presidente del grupo Humane Borders, con sede en Tucson y dedicado a apoyar a los indocumentados.
Raúl González, de 44 años, caminó cinco días por el desierto pero se entregó después de que las ampollas en sus pies comenzaron a sangrar y se le hinchó la pierna izquierda. Al igual que la mayoría de los inmigrantes entrevistados para este despacho, González dijo que fue robado a punta de pistola justo después de ingresar a Estados Unidos.
Los guías y los rateros son los mismos, señaló González. El guía nos dijo que escondiéramos nuestro dinero en (los frascos de) mayonesa, pero hasta eso se llevaron.
La primera vez que González se infiltró a Estados Unidos lo hizo a través de Tijuana, ciudad ubicada frente a San Diego, California. Trabajó ilegalmente durante 15 años en un taller de imprenta de Chicago, pero regresó a México después de que comenzó a extrañar su país.
Yo oí en las noticias que iban a dar permisos, pero traté de arreglar mis papeles con la primera amnistía y no me la dieron, dijo.
Sin desanimarse, dijo que piensa volver a su casa en el estado occidental de Jalisco, donde permitirá que sus pies se recuperen, y luego regresaría a la frontera.
Padre de cuatro hijos, González indicó que su salario de unos 60 dólares como albañil en México ya no es suficiente.
Es difícil cruzar pero es más difícil ver que tus hijos apenas tienen qué comer, señaló.