martes 11 de abril del 2006 Columnistas

El niño, un desconocido

Pese a ser uno de los más estudiados, el niño sigue en la lista de las personas más desconocidas. Su mundo, sus tristezas y alegrías, sus reacciones inesperadas, su entorno, casi mágico, origina profundos análisis de biólogos multidisciplinarios, que en el mejor de los casos han conseguido realizar acercamientos  a su universo. Tal vez los que han logrado aproximarse más a sus desconcertantes respuestas espirituales sean los maestros. Instituciones beneméritas como el Innfa (Instituto Nacional del Niño y la Familia) despliegan el trabajo más delicado y científico en este campo. Harían falta muchas entidades como esas para solucionar las necesidades del niño ecuatoriano o universal.

Este gran desconocido al que agreden muchos que lo aman, es el blanco y el fruto –al mismo tiempo– de las sociedades del subdesarrollo. Son incontables los pequeños que no disfrutan los Derechos del Niño, tanto por ignorancia de sus progenitores como por carencia de medios económicos. Mientras en los padres con trabajo fijo se cumple el decir de que cada niño viene con un pan bajo el brazo, son más lo que nada tienen. Viene una nueva hambre que saciar, una nueva sed que aplacar. Disculpen, lectores, la vulgaridad,  pero en casos así pudiera distorsionarse la frase diciendo que cada niño de la sociedad del Tercer Mundo trae un palo bajo el brazo. Con ese garrote, la vida responde a sus justas exigencias de pan y amor para calmarlo en sus llantos reiterados y en las rabietas a que recurre, desesperado.

Entre otros enunciados, la Declaración de los Derechos del Niño destaca el derecho a una familia, a la escuela, a la salud mental y física y a un hogar, pero la mayor parte de los mismos son desconocidos por el padre de familia que no tiene ni un techo donde cobijarse. En el seno de las familias pudientes, la agresión contra el pequeño suele abarcar maneras más sutiles de agresión, como la falta de atención directa al niño, confiado al cuidado impersonal y desamorado de las empleadas domésticas, pues sus padres viven absorbidos por sus trabajos o negocios y compromisos sociales.

Si tiene lugar un cuidadoso escrutinio de la tarea asumida por instituciones como la Junta de Beneficencia y por otras entidades públicas y privadas que velan a favor de la salud y el bienestar de los menores del proletariado, se evidenciará  una labor que bien puede calificarse de heroica. Muchas de ellas remiendan sus modestos ingresos y los aportes del Estado haciendo todo el bien que pueden. Son como padre y madre para las situaciones críticas que viven nuestros niños.

“Volveremos” sobre el tema, como dijo MacArthur.

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