La derecha europea está perdiendo la cabeza. Los diarios anunciaban ayer un hecho insólito: la creación en Italia de un “Partido del Papa”… ni más ni menos. Una especie de teoconservadurismo destinado a salvar a Occidente de la amenaza de Oriente y de los países del Sur.
Benedicto XVI y Silvio Berlusconi presiden, conjuntamente con los partidos políticos de extreman derecha, esta curiosa resurrección de tiempos remotos en los que los pontífices compartían el poder terrenal con príncipes y reyes. ¿Con qué argumento, esta curiosa antigualla acusará a los pueblos de Oriente de estar sujetos a una teocracia islámica?
Para los fundadores del “Partido del Papa”, Benedicto XVI es el único líder capaz de enfrentar la crisis de Occidente y la amenaza del terrorismo a nombre de unas supuestas “minorías creativas”. Iglesia y aristocracia, otra vez, constituyéndose en una minoría ilustrada.
Mientras la extrema derecha italiana intenta, con tanta liviandad, frenar a la Democracia Cristiana de Romano Prodi en las próximas elecciones, en otro país europeo, Francia, el poder protagoniza otro episodio insólito: pone en vigencia una ley en torno al trabajo de los jóvenes sometidos al despido intempestivo, con una condición: que la ley no se ejecute.
Las contradicciones entre nosotros no son ni la sombra de esta mojigatería francesa: el presidente Chirac emite una ley y en la misma ley dispone que el Parlamento dicte otra echándola abajo.
Esa es la respuesta arrogante a un movimiento de estudiantes y sindicatos que no se había visto en Francia hace un buen rato. El poder no claudica, se busca una coartada.
Entre tanto, en España, el anuncio de ETA de una tregua definitiva hasta provoca el milagro de que el Partido Socialista y el Partido Popular de José María Aznar se sienten a dialogar. Naturalmente que la oposición no reconoce la iniciativa vasca como la propulsora del proceso de paz, porque “con el terrorismo no se negocia”; y el Gobierno afirma que tampoco negocia, sino que da los pasos necesarios para la disolución de ETA; pero en la práctica, España se ha puesto a discutir la paz a propósito de la declaración de una tríada de enmascarados hace algo más de una semana.
Y la derecha, reticente a cualquier diálogo, agacha la cabeza y acepta que el socialismo establezca el diálogo, siempre que a Aznar y a Mariano Rajoy no les salpique. Como resultado, decenas de miles salen a las calles de Bilbao a exigir que los presos de ETA sean trasladados al País Vasco (algo impensable para la seguridad política del régimen de Aznar); y un juez se inhibe de condenar a prisión a Otegi, líder del brazo político de ETA, el partido Batasuna, solo le impone una suculenta multa para que quede claro quién es el poder... vaya perogrullada.
Mientras el poder en estos países intenta asegurar las puertas de su frágil fortaleza fuera y dentro de sus países, en esta Barcelona desde la que escribo estas líneas, la rambla de Cataluña divide el mundo en dos: el gótico atestado de turistas disparando cámaras fotográficas; y el barrio árabe donde florecen, intensos y devoradores, Marruecos y Argelia.