miércoles 05 de abril del 2006 Columnistas

Reflexiones de abril

Esta es una de aquellas cartas que recibimos con frecuencia, ustedes al igual que yo; en mi caso soy un privilegiado pues dispongo de este espacio en esta columna de EL UNIVERSO, es por esta razón que ahora esta carta se hace propiedad de todos ustedes por dos razones: porque es anónima, pues no tiene dueño conocido, y porque lo que aquí consta son sus ideas, al igual que las mías, presentadas con un ropaje literario que despierta interés. Les recomiendo no solo estos párrafos, sino también aquello que se dice entre líneas:

“Fui criada bajo principios morales comunes; cuando era niña, padres, profesores, abuelos, tíos, vecinos, eran autoridades dignas de respeto y consideración; era inimaginable responder maleducadamente a los más ancianos, maestros o autoridades… Confiábamos en los adultos, porque todos eran padres, madres o familiares de todos los chicos de la cuadra, del barrio o de la ciudad… Nunca teníamos miedo de la oscuridad, de los sapos, de las películas de terror. Hoy, siento una tristeza infinita por todo aquello que perdimos, por todo lo que mis nietos nunca tendrán, por el miedo en la mirada de los niños, jóvenes, viejos y adultos.

“Qué les parece: derechos humanos para criminales, deberes limitados para ciudadanos honestos: no tomar ventaja es ser idiota; pagar deudas al día es ser tonto; amnistía para los estafadores. ¿Qué pasó con nosotros? Profesores maltratados en las aulas, comerciantes amenazados por traficantes, rejas en nuestras ventanas y puertas. ¿Qué valores son estos? Autos que valen más que abrazos, hijas que piden una cirugía como regalo por pasar de año; celulares y cartucheras en las mochilas de los estudiantes. ¿Qué vas a querer a cambio de un abrazo? La diversión vale más que un diploma; más vale una pantalla gigante que una conversación amena; más vale un maquillaje que un helado; más vale parecer, que ser.

“Quiero sacar las rejas de mi ventana para poder tocar las flores; quiero sentarme en la vereda y tener mi puerta abierta en las noches de verano. Quiero la honestidad como motivo de orgullo; quiero la rectitud, la cara limpia y la mirada a los ojos; quiero la vergüenza, y la solidaridad; quiero la esperanza, la alegría y la confianza.

“Quiero callarle la boca a quien dice: ‘tenemos que estar a nivel de…’, al hablar de una persona. Abajo el ‘tener’, viva el ‘ser’; viva el retorno de la verdadera vida, simple como la lluvia, limpia como un cielo, leve como la brisa de la mañana. Y definitivamente bella, como cada amanecer. Adoro mi mundo simple y común. Alabo la indignación delante de la falta de ética, de moral, de respeto. Es preciso construir un mundo mejor, más justo, más humano, donde las personas respeten a las personas.

“¿Utopía? Quién sabe, hagamos el intento: empecemos a caminar transmitiendo este mensaje. Nuestros hijos se lo merecen y nuestros nietos nos lo agradecerán”.

Estos pensamientos comparto con los maestros ecuatorianos; bien vale que estos conceptos los coloquemos en nuestra mochila personal para que nos acompañen durante los próximos diez meses que estaremos junto a nuestros estudiantes. Nutrirnos con estas reminiscencias y encontrar cauces para verter estas ideas en la mente de nuestros alumnos, hermosa tarea, loable propósito.

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