Los reality shows también han servido para constatar que mucha gente está dispuesta a hacer lo que sea por un premio o por aparecer en televisión. Dos muestras: en ‘Mano Maratón’ de RedTeleSistema, gente humilde fue sometida a una especie de “tortura china”, en tanto los artistas invitados entretenían a los curiosos y daban la espalda a los sufridos concursantes. En el entretenido ‘Mi gordo y feo príncipe azul’ que transmite Teleamazonas, la concursante debe convencer a su familia que se va a casar con un desagradable y vulgar sujeto, todo por 500 mil dólares.
Gabriela Villalba, joven artista, ex Kiruba, aparece sobre el escenario de ‘Abre boca’, el programa que –como lo dice su nombre– nos deja con las bocas abiertas, listos para recibir la ración de telebasura del resto del día.
Son las 08h00 del último día (y esto no lo sabe Gabriela) en que los sufridos participantes del ‘Mano Maratón’ están con una de sus extremidades superiores colocadas sobre el Chevrolet Grand Vitara 4x4 que intentan ganarse. La cantante quiteña se extrema en ofrecer una buena actuación para una decena de curiosos que a esa hora se dan cita a ver qué pasa con el reality en vivo.
Intento, pero no puedo dejar de pensar en Marilyn Monroe desembarcando en una Base del Pacífico para cantar a los héroes anónimos de la Segunda Guerra Mundial... La cultura cinematográfica es demasiado fuerte. Pero, en este Guayaquil, marzo del 2006, hay algo que falla: la artista no canta a los anónimos héroes, es más, evita mirarlos, menos tocarlos, impensable dedicarles su canción.
No... Para nada. Esto se trata de apenas doce pobres personas humildes, a quienes la televisión, RedTeleSistema (RTS) en este caso, ha permitido que se torturen en público a cambio de... de nada en el 95% de los casos (once de doce participantes). Solo uno podrá llevarse un 4x4, cortesía de General Motors Ecuador...
Así como Villalba evita el contacto –aunque sea visual– con los agotados, sufridos y nada estéticos finalistas del ‘Mano Maratón’, los productores de RTS miran a los participantes de su reality show con displicencia. Basta ver cómo la gente con los gafetes de producción se sienta con toda parsimonia a disfrutar del “show” de Villalba, mientras los concursantes miran como pidiendo clemencia al sol, se secan el sudor y, por último, ponen sus cuerpos y rostros en neutro, en circunstancia de una inexpresividad que le permita aguantar unas horas más la prueba...
Esa es la televisión de actualidad: torturando a gente común y corriente para ganar audiencia y dinero. Sí, porque el gran negocio, aquí, radicaba en el hecho de “mensajear” el mayor número de veces, para poder ser finalista.
Y una vez que se agotó el “mensajea”, el eje pasó al circo. Convertir a las doce humildes personas con ganas de ganarse el 4x4 en la materia prima de un espectáculo en el cual se montaron tarimas, se hizo cantar a insensibles artistas y se hacían entrevistas que ni siquiera eran transmitidas.
Una de las cosas más perversas (o novedosas, como quieran verlas) del reality show de RedTeleSistema es que se emitió a través de un pequeño recuadro inferior casi permanente que solo desapareció durante los noticieros y programas deportivos. Minuto tras minuto, escena tras escena, las cámaras captaban el progresivo agotamiento de los participantes en el mall, mientras en el televisor se sucedían como si nada los dibujos animados, las películas y las series...
En los descansos de 10 minutos, la gente de los programas de farándulas entrevistaba a los participantes y animaba a los curiosos. Pero, nada de eso se podía escuchar. En verdad, no importaba mucho, el objetivo era suscitar un morbo voyerista y... ¡El ganador!
... And the winner is... Un indígena de Colta. ¿Qué mejor demostración de que la TV sirve a la gente humilde? Aunque más bien se puede plantear de otra forma: ¡Qué mejor demostración de que hay una clase de televisión que se aprovecha de la gente humilde! ¿Alguien con recursos económicos se va a prestar a un juego así?
Los participantes fueron solo un elemento en el reality, cuyo objetivo central fue que los curiosos y voyeristas de pantalla asistieran al espectáculo del deterioro de doce personas. El remate fue cuando al ganador se le hizo balbucear (con la mezcla de emoción, cansancio y su origen campesino) unas palabras ante las cámaras. No hubo mucho más. ¿Por qué? ¿Será que el ganador no era ni bello ni glamoroso? Es más: ninguno de los finalistas era bello ni glamoroso. Y a esto se lo llama televisión de lo real.