Debo confesar que siento envidia. Cada semana en los diarios de otros países, digamos Argentina, Colombia, México, España y no se diga Estados Unidos, se divulgan los resultados en audiencia que han tenido los programas de televisión. Cada mes o trimestre se interpretan los resultados que ha obtenido cada cadena televisiva, y a finales de año se hace la evaluación final de las cifras.
Es decir, a los ratings se los trata como debe ser. Finalmente las cifras de audiencia debieran ser tan públicas como cualquier otra estadística, porque con esa herramienta es posible saber con mayor certeza hacia dónde se han dirigido las preferencias del público.
Sin embargo, en el Ecuador los ratings se los maneja como cuasi secretos de Estado. Cuando he consultado a la empresa que realiza las mediciones de audiencia, la respuesta ha sido que sus clientes –los canales de televisión– no autorizan que se las revele.
Una estadística que debiera ser pública se ha convertido en un arma comercial que se “nos regala” a través de los avisos que sirven para promocionar determinado noticiero o serie.
¿Por qué tanto secretismo? Personalmente creo que aparte de la falta de transparencia que subsiste en el país, hay otros factores. Los ratings no son confiables y existe el temor de que si se los comienza a manejar públicamente las estrategias comerciales de las televisoras se verán afectadas.
Me explico. Como decía Rebeca Eljuri, presidenta de ETV Telerama, en una entrevista para este Diario, los “people meters” (los aparatos que se conectan en los hogares de las personas que forman parte de la muestra estadística que darán los ratings) apenas suman 250 y se concentran exclusivamente en Guayaquil y Quito. Pero como se ha demostrado en numerosas ocasiones, el comportamiento de las poblaciones de las ciudades medianas y pequeñas difiere mucho de lo que sucede en las dos grandes urbes.
Hay más. En una reciente entrevista, Hugo Burgos, el decano del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas de la Universidad San Francisco de Quito, señalaba que la estratificación de la muestra o la división de las categorías que se aplican en la medición de ratings es demasiado elemental. La consecuencia es que bajo esas limitaciones no cabe la posibilidad de identificar, seleccionar y producir para mercados diversos y específicos.
Por eso es que al televidente ecuatoriano se lo trata como si fuera una sola masa informe, sin identidad ni gustos diversos. Y por eso los canales programan igualando a su audiencia hacia abajo.