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Este trámite en sí mismo es doloroso, pero si además se le agrega el gesto displicente, el ir y venir por ventanillas donde nadie informa, y los horarios mal organizados, entonces todo se convierte en un insulto que ningún ser humano digno tiene por qué aguantar.
En sus declaraciones a la prensa, los funcionarios del IESS pretenden haber resuelto el problema agregando un par de empleados más aquí y allá. Por lo visto no han comprendido nada. Lo que hace falta es un cambio radical de procedimientos y actitudes: que este trámite, si se lo tiene que hacer, no sea más una ofensa para los ancianitos sino casi un homenaje a sus años y a su perseverancia.
Lo que se pide no son migajas, ni caridad, ni sobras administrativas, sino aquello por lo que pagaron los jubilados con su esfuerzo: ser tratados como seres humanos productivos que entregaron con creces su aporte a la sociedad.
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