Miércoles 01 de marzo del 2006 Cartas al Director

Carnaval sin agua

No están muy distantes los días en que Guayaquil fue escenario de carnavales verdaderamente salvajes. Se jugaba con mucha anticipación. De día y de noche los pasajeros de buses resultaban afectados por quienes les lanzaban globos y agua sucia recogida de charcos.

Recordemos que hace medio siglo  Guayaquil estaba relativamente pavimentada desde el malecón hasta Boyacá, y de Julián Coronel a Colón. El resto de las calles lucían, a lo sumo, empedradas y con abundante agua y lodo; así es que había materia prima para el desenfreno. Pero hubo un carnaval único en la historia de esta querida urbe que se celebró sin agua, sin anilina y sin lodo. Ocurrió en febrero de 1964. Fue producto de un hecho circunstancial.

La historia señala  que el 11 de julio de 1963 cayó el gobierno del Dr. Carlos Julio Arosemena. Los militares que ejercían el poder en Guayaquil, y particularmente el coronel Alfredo Molina Arroyo, jefe de la plaza, aprovechó los catorce días que mediaban para las fiestas de la fundación de  Guayaquil, y organizó  programas de recreación popular.

 Hasta entonces, los 25 de julio pasaban casi inadvertidos, pues la fiesta de fundación era  de recordación local (ahora se celebran como festividades patronales). Pero Molina Arroyo tomó de ejemplo lo que  sucedía en Quito cada 6 de diciembre, e hizo en este puerto algo parecido a lo de la capital durante los años 64, 65 y 66 en que cesó la Junta Militar de Castro Jijón. En adelante, los festejos de julio tuvieron otra jerarquía.

Y resulta que en aquel febrero de 1964 se constituyó un Comité pro Culturización del Carnaval que contó con el respaldo de la Asociación de Empleados de Guayaquil. Se vendió la idea a la gente de que se podía gozar de un carnaval inolvidable con la realización de bailes, desfiles de comparsas, competencias náuticas y tantas otras distracciones barriales. Ese mensaje prendió. Todo fue alegría. El carnaval tuvo una reina, pues en un torneo galante se eligió a Gladys Coello. Fueron tres días de sana diversión, con lo cual se derrotó al primitivismo.

Como la mayoría de ecuatorianos, jamás justificaré una dictadura militar, pero debo reconocer que los uniformados se lucieron en la organización de las carnestolendas de 1964, con lo cual quedó demostrado que sí es posible desterrar para siempre la agresión durante esa tradicional celebración.

Jaime Díaz Marmolejo
Guayaquil

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