Diálogo, consenso y concertación son las palabras mágicas que se pronuncian, casi como invocación a lo divino, en las reuniones que abundan en estos días. El futuro del país se hipoteca a la posibilidad de que las tres palabras puedan materializarse. A veces ellas van acompañadas del llamado a que algún desconocido personaje formule el gran programa nacional, que seguramente girará en torno a objetivos grandilocuentes como los que guían a los discursos militares en las ceremonias de bandas y charreteras. Tanto se ha generalizado la idea de que por medio del diálogo se llegará a consensos y que estos abrirán paso a la concertación, que se puede decir que es el único punto en que todo el mundo está de acuerdo. Pero llama la atención que existiendo ese acuerdo no haya acuerdo. No, no se trata de un juego de palabras, es la pura realidad. Para comprobarlo basta poner a dialogar a dos personas o a dos grupos que previamente han echado loas al diálogo. El resultado más probable será el ahondamiento de las brechas y el atrincheramiento en sus respectivas posiciones.
La explicación puede encontrarse en las condiciones que se deben cumplir –y no se cumplen– para que el diálogo arroje sus frutos, para llegar a consensos y definir acciones concertadas. La primera es que los dialogantes reconozcan como válido el orden en que se desempeñan y las reglas de juego que lo sostienen. En nuestro caso, en los intentos de diálogo sobre temas políticos, eso no se cumple desde el momento en que para algunos de los participantes están en cuestión tanto la democracia como sus procedimientos. A partir de ahí, el diálogo puede existir pero será absolutamente estéril. La segunda es que alrededor de la mesa deben estar todos los que tienen algo que ver con el tema tratado. La ausencia de uno de ellos, como ocurre con las reuniones organizadas por quienes se autodenominan sociedad civil en las que se excluye a los políticos, transforma a esos ejercicios en lectura de la suerte entre gitanos. La tercera es que debe haber un mínimo acuerdo previo en el diagnóstico de la situación.
Sin un par de ideas compartidas acerca del origen de los problemas a tratar, el encuentro será algo muy parecido a una conversación en dos o más idiomas diferentes sin los imprescindibles traductores. La cuarta es que deben existir objetivos comunes para remar en la misma dirección, que es lo menos usual en nuestra política centrífuga. La quinta es que hay que aceptar que se conversa entre humanos, no entre ángeles o querubines, y por consiguiente, no cabe pedir que abandonen sus intereses.
Las experiencias exitosas de diálogos y acuerdos demuestran que sin esas condiciones básicas no sirven para nada las mejores intenciones. Pero a la vez, para que todas ellas se cumplan es necesario que cada uno de los participantes sepa que va a obtener algo positivo. Nadie, aun quien repite incansablemente las tres palabras mágicas, va a llegar a acuerdos que le perjudiquen.