Hace algunos años, mientras apurábamos un locro en un restaurante del norte de Quito, discutíamos con un colega de críticas televisivas sobre si el humor podía ser medido bajo el criterio de lo “políticamente correcto”.
Lo políticamente correcto, como recordarán, es la tendencia a limpiar el lenguaje de las aristas que puedan resultar ofensivas para las minorías de cualquier tipo: raciales, sexuales, económicas, etcétera. Mi posición en la discusión era que si bien en muchos campos de la comunicación las palabras deben ser usadas con mucho cuidado, el humor tiene una licencia especial para ser políticamente incorrecto.
En el humor el tema es más sencillo y más complejo: debe ser bien hecho, de lo contrario se queda en el campo de la burla grosera sobre aquello de lo cual se pretendía hacer humorismo. Eso es lo que se criticó la semana pasada de ‘Mi recinto’ y sucede en reiteradas ocasiones con ‘Vivos’, ‘Buenos muchachos’ y otros programas por el estilo.
En cambio, no hay incorrección política más deliciosa y mejor elaborada que la planteada por la extinta (y extrañada) sitcom ‘Seinfeld’, retrato desternillante de la frivolidad y los absurdos citadinos, y por los ‘Simpsons’.
En esa misma línea, en la era de los reality shows es difícil no reírse con la desgracia ajena. Finalmente, esa gente común y corriente, sometida a duras pruebas, se convierte de la noche a la mañana en personajes de televisión sujetos a la implacable vara de los 15 minutos de fama.
Algo de eso pasa con ‘American idol’ (Sony Channel), la versión estadounidense de ‘Operación Triunfo’ o ‘Popstars’. La variante es que, ante las dudosas cualidades artísticas de la mayoría de participantes, ante su poco sentido del ridículo, y las pretensiones de ser Britney o Beyonce de adolescentes que van disfrazadas así, los miembros del jurado actúan con una crueldad que llega a ser monstruosa, pero que al mismo tiempo saca sonrisas de todo tamaño.
Y es raro, porque al mismo tiempo no dejan de provocar compasión las lágrimas que derraman los muchos que ven destrozados sus sueños de gloria y éxito artístico. Tampoco es lo mismo que suele suceder con la crueldad estresante y paralizante que exhibe Donald Trump en el show donde busca a su ‘Aprendiz’ (People & Arts).
En ‘American idol’, el tono es distinto, las reglas relajadas y las ironías ingeniosas.
En ambos casos están en juego los sueños de muchos chicos. Pero por alguna razón para la TV estadounidense, resulta difícil tomar a broma el dinero y el mundo corporativo. En ese territorio, en cambio, las comedias sudamericanas como ‘Los Reyes’ (TC Televisión) y su inspiración ‘Los Roldán’ han sido mucho más sugestivas.