El recuerdo de la tragedia no se ha borrado de la mente de la familia Chuva Chuva, integrada por Geovanny, de 9 años; Cristian, de 7; Lourdes, de 5 y Mauricio, de 3 años, quienes perdieron a su padre, Ángel Chuva, en el naufragio del 13 de agosto del año pasado.
A su tristeza se sumó la ausencia de su madre, quien debió buscar trabajo en Cuenca para pagar una deuda de 500 dólares más intereses que fue adquirida para el viaje.
Ahora su abuela materna, Carmen Ortega, de 60 años, se encarga de enviar a los niños a la escuela, vestirlos, alimentarlos y esperar hasta que se duerman en la noche.
“Los niños casi no hablan, lloran en las noches y se han vuelto tímidos, hay que traerlos a rastras para cambiarlos de ropa”, dijo la abuela.
El más pequeño empezó a decir sus primeras palabras antes que su progenitor decida emigrar, pero desde que su padre se fue el niño no habla.
Los problemas legales entre las familias de los niños que quedaron en la orfandad, tras el naufragio, postergaron las necesidades afectivas y psicológicas que los huérfanos tienen desde que sus progenitores no están con ellos, dijo Fernando Villavicencio, terapeuta de la Pastoral de Migración de Cuenca.
El terapeuta afirmó que ninguno de los 102 niños huérfanos asiste a los programas del equipo de psicólogos de la Pastoral Social, hasta el momento. “Las familias priorizaron la solución a sus problemas económicos, no sicológicos”, enfatizó Villavicencio.
La asistencia se inició con las madres, padres o cónyuges que perdieron a sus seres queridos en la tragedia, para que luego ellos sean quienes orienten a los niños y acepten la pérdida de sus padres.
Aunque los niños y adolescentes no demuestren su dolor con lágrimas, empiezan a expresarlo de formas que pasan por violencia, depresión, hiperactividad, sumisión y silencio, dijo Villavicencio.