lunes 09 de enero del 2006 Columnistas

Fiebre

El fortísimo crecimiento en el consumo, halado por la expansiva política fiscal, es insostenible, observábamos en nuestra columna anterior: distribución del Fondo de Reserva; sucesivos aumentos de pensiones jubilares; alza salarial sostenida de la administración pública; gasto del fondo de ahorro petrolero. Además, la expansión del crédito bancario.

Este enorme incremento en el consumo sobrepasa la capacidad de producción del país: la demanda puede subir de un mes a otro, pero el aumento de la producción toma mucho más tiempo. En países donde la política económica no es rehén del populismo, se dosifica el alza del consumo, a lo que se puede producir. Lo que a su vez estimula la inversión en producción, sabiendo que, cuando haya más oferta, va a estar ahí la demanda.

Por el lado de productos (golosinas, cemento, gasolina, televisores, automóviles), si se copa la producción nacional (cuando hay), se complementa con importaciones. El aumento en los dólares recibidos por las exportaciones petroleras sirve para pagar las mayores importaciones. Se pierde la oportunidad que el aumento del consumo resulte en mayor producción, lo que hubiese significado más empleo. Pero nadie va a invertir hoy para aumentar la capacidad productiva y atender el consumo presente; tiene que invertirse hoy para atender el consumo de los próximos años. Si hoy hay un consumo descontrolado, es probable que en los próximos años haya estancamiento. El aumento descontrolado del consumo, no redunda en mayor producción y empleo.

Por el lado de los servicios, la situación es a la vez distinta y peor. La consecuencia es la inflación.

Desde que subió el presidente Palacio, y creó las expectativas que la plata del petróleo se la iba a gastar, el aumento del precio de los servicios se aceleró. En un año los arriendos han subido 40%, y no hay solución inmediata, porque a diferencia de bicicletas o manzanas, no pueden importarse casas o apartamentos.

La fiebre inflacionaria de los últimos ocho meses se manifiesta particularmente en alquileres y educación, y el resto, en otros servicios, como los de mantenimiento del hogar; productos cuya importación está restringida, como es el caso de alimentos de consumo popular, o productos que cuestan mucho traer del exterior, como muebles.

Países con moneda propia controlan la inflación con política monetaria. El Ecuador ha renunciado a esto, y lo que le queda es la política fiscal.

La Ministra saliente, si bien advirtió de los peligros de un descontrolado gasto fiscal, presentó al Congreso un presupuesto inflado, y permaneció en el exterior mientras el Congreso discutía el Presupuesto y se requería su presencia para convencer a los legisladores que no aumenten en gasto, como lo hicieron. Finalmente, declaró para EL UNIVERSO que si la población y los grupos de presión exigían más gasto, el Gobierno no podía frenarlo.

El nuevo titular de Economía, Diego Borja, se estrena advirtiendo de los peligros del exceso de gasto, y de su consecuencia inflacionaria. Borja parece dispuesto a no dejarse llevar por la marea populista y a fajárselas para traer a la inflación bajo control.

El rebrote inflacionario es la mala noticia; el nombramiento de Borja, la esperanza.

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