Tras seis años de una economía dolarizada, el país no ha hecho los cambios inicialmente planteados para sustentar este sistema, como controlar el gasto público y contar con programas para reducir los costos de producción, de manera que las empresas puedan ser competitivas. El ciudadano común también siente en su bajo poder adquisitivo los efectos.
“No había otro camino”. Con esas palabras, el 9 de enero del 2000, en cadena nacional, el ex presidente Jamil Mahuad justificó una medida que llevaba meses en estudio, decenas de informes y rumores, unos a favor otros en contra.
Los trámites legales, las reformas, las aprobaciones oficiales... todo eso quedó para después. La dolarización había sido anunciada y, sobre la marcha, se impuso en un ambiente de crisis política y deterioro económico.
Mañana se cumplen seis años desde aquella cadena nacional y la “moneda dura”, como se denomina a la unidad monetaria estadounidense, se mantiene. Las medidas que fueron advertidas como urgentes por las autoridades de la época (Mahuad y su Frente Económico) no solo que no fueron resueltas, sino que, muchas de ellas, se postergaron indefinidamente.
¿Cuáles fueron esas advertencias? El ministro de Economía que tomó la decisión de dolarizar al país, Alfredo Arízaga, recuerda al menos dos requisitos indispensables: control del gasto público y programas para reducir los costos de producción, pues los exportadores ya no tendrían más la posibilidad de pedir devaluaciones.
Menos egresos estatales y más exportaciones se plantearon como una fórmula simple en apariencia, pero con el tiempo ha resultado imposible llevarla a la práctica. Las cifras oficiales muestran que el presupuesto del Gobierno central se triplicó entre el 2000 y el 2006, pues pasó de $ 2.630,9 millones a $ 8.564,5 millones.
Las exportaciones crecieron pero a un ritmo menor que el de las importaciones, lo que provocó que el déficit comercial privado (sin el petróleo) pase de $ 728,5 millones en el 2000 a $ 3.168,4 millones a octubre del año pasado.
Existen, sin embargo, indicadores que mejoraron tras el cambio de moneda. Jaime Carrera, secretario del Observatorio de la Política Fiscal, reconoce que la inflación bajó del 96,1% en el 2000, cuando se había anunciado un importante ajuste de precios, al 4,3% en el 2005.
La Asociación de Bancos Privados también explica que las tasas de interés para los créditos a las grandes empresas bajaron en los últimos seis años, del 15,1% al 8,8%.
¿Y qué pasó con la economía cotidiana? El primer golpe fue el aumento de precios y la pulverización del salario básico, que en el 2000 empezó en 100 mil sucres, luego, mientras se implantaba el nuevo esquema, se ubicó en $ 26,6 y $ 56,6. Finalmente, terminó el año en $ 91,9. En el 2005 fue de $ 150.
La Canasta Familiar Básica (CFB), hoy de $ 437,41, sigue inalcanzable para muchos hogares. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) si a una familia le faltaban $ 89,3 para comprar la CFB en el año de la dolarización, ahora le faltan $ 157,4.
El desempleo urbano pasó del 7,2% de la Población Económicamente Activa al 9,8%. Y la migración se presenta como un fenómeno constante.
La inestabilidad institucional también deja su huella. Para muestra: entre el 2000 y el 2006, el país ha tenido dos períodos presidenciales con cuatro presidentes ( Mahuad, Gustavo Noboa, Lucio Gutiérrez y Alfredo Palacio) y once ministros de Economía.
Las pugnas entre el Congreso y el Ejecutivo impidieron reformas legales –a los sectores eléctrico y petrolero, entre los más importantes– para adaptar la economía al nuevo régimen monetario.
Incluso, pasaron a segundo plano cambios que en un inicio se presentaron como obligatorios: “la unidad monetaria es el sucre”, es una frase que aún persiste en la Constitución.
Varios ex ministros aseguraron que la dolarización representaba un blindaje ante los impasses políticos. Pero poco a poco esa afirmación pierde fuerza. Gustavo Arteta, director académico de la Corporación de Estudios para el desarrollo, advierte que la economía en el 2005 “si bien parece menos sensible, no es impermeable a los incesantes anuncios para refundar el país, a la ausencia de liderazgo y la creciente desconfianza”.
Defender o atacar a la dolarización se ha convertido en un juego de indicadores y números que depende de la habilidad de quien los ordena para construir su discurso. El Foro Ecuador Alternativo pronostica el descalabro económico por la pérdida de la competitividad y el abandono de la soberanía monetaria.
Los economistas del sistema rescatan, la caída de la inflación y los indicadores macroeconómicos (superávits primarios, reserva monetaria). Ambas posiciones, sin embargo, cuestionan la ausencia de reformas que siguen postergadas para la economía. ¿Qué habría sido del Ecuador sin el boom del petróleo, las altas recaudaciones tributarias y el crecimiento de las remesas de los migrantes?, se pregunta Carrera.
Pablo Lucio Paredes, analista, ve en el esquema actual más ventajas que desventajas, pero a la vez plantea: “ y si algún día abandonamos la dolarización, estemos conscientes que nos seguiremos enfrentando a las mismas debilidades. Y al poco tiempo estaremos añorándola. Es mejor atacar los problemas aquí y ahora”.